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Háblame, Musa feriante, de aquellos que erraron por el albero sorteando lo que los caballos de los aurigas depositaban sin rubor, aquellos que terminaron su lucha contra el tiempo, las  fórmulas, la sintaxis, los problemas, el present continuous o del passé composé e incluso contra el mismísimo general Primo de Rivera. Y la Musa se arremangó su traje de flamenca, que en sus bordes acumulaba la tierra odorífera de todo un día de feria, se acomodó en su silla de enea e hizo suya una jarra de rebujito que Zeus tunante le acercó.

“Tras la terrible guerra de tres días, que bien parecieron diez años, Ulises y sus colegas se pusieron sus trajes con sus camisetas de fútbol a la guisa de camisas, tal como habían prometido si perdían la apuesta con el profesor (de nuevo, había caído Primo de Rivera). Iban prestos a hacer de la feria el mejor de los momentos de su (corta aún) vida, pero un whatssap (¡oh maléfico ingenio de los hombres!) lo cambió todo. Era Penélope: “Ulises, hemos terminado…” ¿Qué pasa,hermano? le dijeron. Nada, nada… Nada más y nada menos que ella acababa de cortar con Ulises, como cuando sus tías, conocidas como las «Pacas», cortaron los  hilos que sobraban al hacerle el traje de marinero para su comunión. ¡Y además cortó con Ulises en plena feria! Pero, ¿por qué?, se pregunta Ulises, ¿si habíamos quedado luego en la caseta del Jony? ¿Qué pasa, hermano…? ¡Nada, nada!

Dada así la cosa, Ulises y sus conmilitones se zamparon unos perritos calientes fríos en un puesto cerca de la portada. No bastaron los ánimos para el atribulado Ulises, ni siquiera las gracias de sus amigos que se golpeaban en la espalda y se daban puñitos como si fueran unos posesos en el oráculo de Delfos. Pero Ulises, siempre pensante, no se resignaba a no ver a Penélope y arreglar aquel sinsentido. ¡La culpa es de los troyanos, hermano, que te lo digo yo, que te han metido un virus de esos en el móvil y te lo han hackeado y un tío de no sé dónde está buggeando tu móvil!. ¡Un troyano!, claro, ya lo explicó el profesor de TIC, un malware pero no hecho de unos y ceros, no, era uno de carne y hueso, uno que habrá malmetido. Ulises se activó y llamó a los suyos a la acción: ¡hay que ir a la calle del Infierno!, acompañadme a ver a Teresa, ella debe saber dónde está Penélope.

Imagen creada por IA

Prestos todos, pusieron a trabajar sus zapatillas blancas que iban adquiriendo esa pátina amarilla de buenos feriantes. Teresa era amiga de Penélope y además de enamorada de la estadística lo era de los coches locos. Calculaba las posibles trayectorias y las probabilidades. No era extraño que así conociera a su actual novio, otro probable matemático. Pero en la feria todo puede ocurrir y cuando el grupo pasó por delante de la caseta de “Las Sirenas del río” unas voces les llamaron. Ulises miró contrariado, pero no tanto sus compañeros cuando vieron a la Vero y sus amigas que los llamaban. Las flores en sus moños se movían hipnóticamente mientras bailaban un indescifrable reggaeton. ¡Venid, venid con nosotras! Ulises no tenía tiempo y tiró de cuantos pudo pero la Vero era mucha Vero… En ese momento su mente se iluminó cual fuego de Prometeo. ¡Esperad, esperad, mira lo que me ha llegado al móvil! Todos acudieron entorno al fuego sagrado de Steve Jobs y ojipláticos vieron en tiktok a Misco, su héroe futbolero en una tómbola de la feria. ¡Estaba allí! Comenzaron con sus rituales de golpes en la espalda y en los omoplatos hoplíticos. ¡Illo, vamos para allá, que tiene que firmarme la camiseta!. Por ese instante, el reggaeton había sido vencido y la Vero y sus amigas quedaron en la lejanía, por ese momento…

¡La calle del infierno! Ruido, polvo y gritos. Bajaron las escaleras, antesala del pandemónium donde unos buscarían, sin éxito, a Misco y Ulises a Teresa. Más que los hados, los helados le fueron propicios, ya que la encontró en un puesto tomándose un cucurucho de estructura cuántica, porque no se sabía cuánto de helado había en el barquillo y cuánto en su mano. Mientras ella intentaba comerse aquel helado derretido con espuma de albero, Ulises le interpeló sin presentaciones. Teresa escuchaba su cháchara entre el jolgorio circundante y los restos de un helado rebelde. “Está en la caseta de “La cueva de los cabras”, la han invitado allí unos amigos”. Ulises le dio dos besos y no reparó en que ella tenía un morado en su frente. “Sí, es un chichón, fallé en mi diagnóstico de la trayectoria, Héctor me ha ido por hielo…”

Ulises corrió entre el gentío que se arremolinaba en la zona de las tómbolas, allí recogió a sus compañeros, que traían como botín un oso rosa gigante y el desconsuelo de no encontrar a su héroe. La caseta estaba en la calle Ítaca, y allí  prestos llegaron. Habían bordeado la calle Calipso para evitar contratiempos con las sirenas. Pero no iba a ser tan fácil entrar; en la puerta, un vigilante enorme con unas gafas de sol impenetrables complicaba las cosas. Era el Poli, un antiguo militar que había perdido un ojo pero que con el otro bien le bastaba para ganarse la vida. “¿Tiene invitación? ¿Es socio? ¿A quién conoce?” Estas preguntas eran la barrera que separaba a Ulises de Penélope. Sin embargo, Ulises no iba a darse por vencido, sabía que el coloso era un fanático del fútbol, intentó engatusarlo con el vídeo de Misco, con los goles de la Champions, con el gol de Iniesta… nada; nada hacía efecto en aquella mole. Volvió con sus compañeros, que en un arrebato de inteligencia planeaban entrar al asalto como en una meleé, y entonces Ulises recordó aquel oso gigante que habían ganado en tómbola y que su amigo había regalado a su hermano pequeño para que dejara de perseguirlos.  De nuevo  el ingenio de nuestro héroe se activó y al poco, consiguió en la caseta de los patitos otro peluche, en este caso un caballo. De tanto hablar con Poli advirtió que tenía un hijo que le encantaba la hípica y así se presentó con el caballito al que se le fue el ojo del gigante. Al dárselo, se obró el milagro y aprovechando el momento entró en la caseta, sus amigos saltaron de alegría, comenzaron de nuevo su ordalía de golpes y gritos y salieron raudos a la caseta de “Las Sirenas”.

Ulises había encontrado, al fin, a Penélope. Al contrario de lo que pensaba, no estaba vestida de flamenca y una miríada de chicos jóvenes la acompañaban sonrientes. ¡Ulises!, creía que no llegarías, se me acabó la batería y no  pude terminar el mensaje. Te quería decir, amor, que ya hemos terminado de repasar el texto del examen de griego, el chatGPT se equivocó, era un texto de Homero, ¡el canto XII!”


Pablo Romero Gabella

Prof. Geografía e Historia

IES Cristóbal de Monroy


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