Ninguna obra literaria (más ampliamente: artística, más simplemente: humana) nace de la nada; siempre hay algo o alguien de donde parte. La creación es un viaje que, en la mayoría de las ocasiones, acaba en naufragio. Solo unos pocos llegan al éxito, ya sea pecuniario, de prestigio o la inmortalidad, quién sabe.
En ese viaje el autor y sus criaturas no van solos, les acompañan otros autores pretéritos y coetáneos junto a sus creaciones respectivas. Ellos son su inspiración. La creación humana es una obra colectiva que se disfruta individualmente.
Todo lo anterior viene al caso por una película alemana recién estrenada en una conocida plataforma de streaeming. Nos referimos Der Tiger. El tanque, dirigida por Dennis Gansel, al que debemos dos interesantes películas: NAPOLA (2004) y la más conocida La ola (2008). En ambas se explora el pasado nazi y sus consecuencias en la Alemania actual. Especialmente son recomendables para estudiarlas en las aulas, porque Gansel se centra en los jóvenes y en cómo son campo abonado para extremismos políticos en momentos tanto de crisis social como personal. En Der Tiger, el director vuelve de nuevo a revisar el trágico pasado de su país a través de los cuatro tripulantes de un tanque alemán durante la II Guerra Mundial (1939-1945). En concreto, se trata del carro de combate alemán más famoso de aquel conflicto: el Tigre. Como curiosidad, este mismo modelo de carro de combate dio nombre a una película rusa titulada El Tigre blanco (2012), una extraña película bélica donde hay un tanque fantasma y un tanquista ruso que “habla” con las máquinas.
Como en la película rusa, la acción de Der Tiger se desarrolla en el frente oriental, en Ucrania, en el año 1943 durante la retirada alemana ante el empuje soviético tras la batalla de Stalingrado. No es una ubicación escogida al azar, en las mismas llanuras ucranianas se libra en nuestros días una cruel guerra que nos retrotrae a las del siglo XX, aquel siglo al que llamó el poeta húngaro Imre Kertész “ese pelotón de fusilamiento en servicio permanente”

¿Estamos ante otra película de guerra más? En absoluto, es especial y su final más especial si cabe. El director vuelve, como en sus anteriores películas, a plantear al espectador un viaje hacia el fondo del horror de la guerra y sus heridas no solo físicas, sino sobre todo morales. La II Guerra Mundial en el frente ruso fue una guerra de exterminio donde murieron millones de combatientes y sobre todo, millones de civiles, destacando la población judía. El Holocausto no comenzó en Auschwitz, sino en la Unión Soviética. La violencia ejercida sobre la población no es medible en ninguna escala de sufrimiento y de eso va la película, de cómo soportar el sufrimiento, el horror. Y aquí comienzan las conexiones que nos llevaran a otras películas, novelas e incluso a una ópera.
La película a la que nos estamos refiriendo parte de un lugar común de las películas bélicas: el cumplimiento de una misión especial y peligrosa. En este caso el tanque debe rescatar, tras las líneas enemigas, a un importante oficial (que es amigo muy estrecho del jefe tanquista) ya que tiene documentos e información crucial para el desarrollo de la guerra. Hasta aquí todo parece normal, en esto podría asemejarse a otras películas como Salvar al soldado Ryan (1998) de Steven Spielberg, una película que marcó un antes y un después en el cine bélico. Sin embargo, Der Tiger se relaciona muy directamente con otra considerada como una obra maestra.
“Me encanta el olor a napalm por la mañana… Huele a victoria». Esta es una frase icónica que se dice en Apocalypse Now (1979). En ella su director, Francis Ford Coppola, nos cuenta la historia de otro grupo de soldados que tienen que cumplir una misión: encontrar a un alto oficial norteamericano y matarlo. La trama se desarrolla en la Guerra de Vietnam (1965-1975) y los protagonistas hacen su viaje en una patrullera fluvial que se va internando en lo más profundo de la selva vietnamita. Estamos ante un viaje iniciático y alucinógeno que lleva a los militares al borde de la locura y del horror. A Coppola, como ha hecho ahora Gansel, le interesa diseccionar, a través de una ficción a mitad entre la épica y el surrealismo, el trauma de una guerra que marcó a su nación. Esto mismo viven los protagonistas del tanque, ya que a medida que avanzan por las inmensidades de la tierra negra ucraniana van viviendo una inmersión no solo en los horrores de la guerra sino también en sus heridas interiores, en los crímenes que pudieron haber cometido o no.
“Me quedé para soñar la pesadilla hasta el final”. Estas palabras provienen del protagonista de la novela corta El corazón de las tinieblas (1899) del escritor anglo-polaco Joseph Conrad. Este relato nos cuenta otro viaje iniciático al horror, en este caso a las profundidades selváticas del río Congo durante la brutal etapa del colonialismo belga. El protagonista, como en el caso de las películas ya mencionadas, tiene una misión similar: encontrar a un agente comercial que, al parecer, ha enloquecido y ha cometido actos brutales contra la población indígena. Esta historia es la que adaptó Coppola en su película y cuyo esquema narrativo se repite en Der Tiger.
“Yo tenía la impresión de que aquel capitán y todos nosotros éramos empujados hacia delante por algo invisible”. Esto pertenece a la novela El barón Bagge (1936) del escritor austríaco Alexander Lernet-Holenia y hay más de un paralelismo con las anteriores creaciones artísticas que hemos citado. Se nos cuenta otra misión: la de un destacamento de caballería del ejército austro-húngaro durante la I Guerra Mundial (1914-1918). Estos militares deambulan en una tierra de nadie entre las planicies húngaras y la cordillera de los Cárpatos. Viven en un clima entre fantasmagórico e irreal que los sumerge en un estado de alteración de la conciencia. Hay un fragmento muy ilustrativo que bien pudiera servir para todas las obras anteriores: “¿Y quién puede decir verdaderamente qué es la vida y qué es la muerte o dónde comienzan y dónde terminan el espacio y el tiempo que separan la vida y la muerte?”
“La muerte es un dignatario que cuando se anuncia es para ser recibido con formales manifestaciones de respeto, aun por aquellos que están más familiarizados con ella”. Esta reflexión pertenece al cuento “Un suceso en el puente sobre el río Owl” del novelista, periodista, militar y aventurero norteamericano Ambrose Bierce y que está recogido en Cuentos de soldados y civiles (1891). Aquí se narra un hecho aparentemente minúsculo (menos para su protagonista) en un puente de Alabama durante la Guerra Civil norteamericana (1861-1865). Aquí no hay un viaje físico sino más bien mental. Este lo sufre un civil que se ve envuelto en una acción de guerra en un puente. Y es un puente donde transcurre una escena fundamental de la película Der Tiger y que para muchos críticos supone la conexión fundamental entre la película y este relato.
“¿De dónde salen esos vórtices de fuego colmados de horror?”. Esta pregunta la hace el personaje de Don Juan en la ópera de W.A. Mozart Don Giovanni (1787). En concreto en su final, cuando es arrastrado por una banda de demonios del Averno a pagar por sus pecados. “El horror, el horror”, se repite como una salmodia en el relato de Conrad y es eso mismo lo que podrían decir todos los personajes de las películas y obras literarias antes mencionadas. Todas ellas hablan de un viaje y de una guerra, todas, en el fondo, nos remiten al origen primigenio de las narraciones: Homero. En la Iliada y la Odisea está todo ese universo que la cultura occidental ha creado para entender lo inexplicable: ¿por qué nos seguimos matando?
Pablo Romero Gabella
Profesor Geografía e Historia
IES Cristóbal de Monroy


