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Escribía el gran poeta del siglo XX italiano, Mario Luzi: “Es y no es la misma de siempre./Miro el radiante vegetal/de esos sin tiempo…” ¿Podemos entender que ese “radiante vegetal” es la celulosa que da encarnadura a las fotografías y que “esos sin tiempo” son esos recuerdos fijados en el no-tiempo de nuestros antepasados? Pues la respuesta (y la pregunta) la podríamos encontrar en la exposición “Todos están muertos”, que mora en el Museo de Alcalá desde el 30 de enero al 22 de febrero de 2026.

”Todos están muertos” es la  singularísima propuesta de la artista alcalareña Marisa Benito Crespo. Esta licenciada en Bellas Artes y máster en Investigación en  Arte y Educación Estética es actualmente profesora en la Escuela de Arte y Superior de Diseño Mateo Inurria de Córdoba; ha sido premiada en certámenes nacionales e internacionales por sus producciones  de películas y fotografías, que podemos englobar en la categoría (si es que el arte se puede categorizar) de “vídeo-arte”. 

“Todos están muertos” ofrece al espectador curioso, que sube al espacio superior del museo alcalareño, un tríptico compuesto por fotografías, un cortometraje y un libro de artista (donde hay un diálogo entre su arte y diversos poetas). El tema que aúna todo es la memoria y la muerte. Es a la vez un recordatorio (no lo olviden, por favor)  del arte como superador del paso del tiempo y como herramienta de reflexión sobre nuestra  vulnerable (y preciosa, como dijo la gran Simone Weil) condición efímera.

Lo efímero es nuestra hipercondición actual, ya que, como nos dice el folleto de la exposición, vivimos en un “contexto postfotográfico”. La tecnología ha hecho de la fotografía digital la  banal herramienta de sobreabundancia de “recuerdos”, que son rápidamente olvidados y fagocitados en la nube de datos que tenemos en nuestros móviles y ordenadores. ¿Qué ocurre con nuestras clásicas fotografías familiares? Ubi sunt? Estas fotografías que se podían tocar, e incluso oler el paso del tiempo, y que eran también oralidad, horas y horas de conversación sobre la memoria familiar: bodas, bautizos, comuniones, viajes, etc. Eran a la vez, documentos de una historia tanto personal como nacional (o local, o regional o universal, al gusto) que son materia prima indispensable para historiadores. Recuerdo esas fotos familiares, y de amigos de mis padres, donde el paisaje lo conforman descampados arenosos, como los del neorrealismo italiano, donde posan orgullosas las familias ante los esqueletos de cemento de las que serían sus casas. Seguimos con el folleto: “esas fotografías si no las miramos dejan de existir (…) ¿Cómo será la memoria de las generaciones digitales?

“Todos están muertos” nos puede llevar (si queremos) ante el dilema entre arte y tecnología que intentó teorizar desde el marxismo Walter Benjamín en La obra de arte en la época de su reproductividad técnica(1936). Y es que la técnica y la tecnología son fundamentales para el arte, algo tan obviamente material que se nos olvida a pesar de las performances contemporáneas a lo Marina Abramovic. Benjamin cuenta que los griegos sólo tenían dos procedimientos de reproducción técnica masiva: el vaciado y el acuñamiento. Al margen de sus bronces, terracotas y monedas, el resto de obras artísticas eran únicas e irreproducibles. Estaban hechas para la eternidad. Por tanto, concluye el autor que “fue el estado de su técnica lo que llevó a los griegos a producir valores eternos en el arte”. Estando o no de acuerdo con esta afirmación, no podemos negar  la importancia del continente sobre el contenido, por mucho que algunos artistas de ahora renieguen de ello.

”Todos están muertos” es también algo que nos lleva al siglo XIX. Me refiero sobre todo a que sus fotografías tienen la estética, composición y el “aire” decimonónicos. En una revista de arte, al referirse a esta producción, se habla de los “resurreccionistas”, de esos ladrones de cadáveres que Stevenson elevó a la literatura y a nuestro imaginario colectivo. Sin duda, en algunas de esas fotografías de Marisa Benito hay algo de reinterpretación cadavérica de la realidad que nos acerca al universo gótico que tan de moda está con películas como el reciente Frankenstein (2025) de Guillermo del Toro y la ya clásica Los otros (2001) de Alejandro Amenabar. Recordemos que hay algo muy cinematográfico en esta exposición. El cine, además de entretenimiento de masas, es también arte para minorías masivas.  La idea del cine como parte de nuestra memoria personal es algo que también deberíamos valorar, y en concreto, esta exposición me lleva a conectarla con dos películas muy distintas, pero que si las ven (recojan este desafío) sabrán el porqué. Me refiero aLa caja de música (1989) de Costa-Gavras y Coco (2017) de Disney. 

“Todos están muertos”, por tanto, nos hace pensar el tiempo. Charles Baudelaire nos legó que “a cada minuto somos aplastados por la idea y la sensación del tiempo” y que “acuérdate que el tiempo es un ávido jugador/que gana sin hacer trampas…”. Esta exposición es una llamada de atención y, a la vez, un recordatorio de algo que nos dejó el recientemente fallecido escritor Antonio Rivero Tarvillo en su último y precioso poemario:

”De todo lo destruido surgen nuevas

piezas de un colosal rompecabezas

que el tiempo arma muy pacientemente”

Pablo Romero Gabella

Prof. Geografía e Historia

IES Critóbal de Monroy


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