Publicamos a continuación los textos ganadores en el Certamen de relatos del presente curso, para disfrutéis con su lectura.
Primer Premio Modalidad A: Ariadna García Pedregal «El valor de la verdad».
Por fin llegó septiembre, pero no un septiembre cualquiera, este año era especial. Cayetana, una niña con una sonrisa preciosa, pelo rizado y un corazón gigante, comenzaba una nueva etapa en un centro de educación secundaria. Este año estaba feliz pero muy nerviosa; todo sería nuevo: amigos, maestros, clases…
Con el nuevo curso comenzaron los cambios: estudios, tareas y trabajos con los compañeros. Todo iba bien, pero Cayetana era especial y los demás lo sabían. Ella iba en silla de ruedas y mientras los demás jugaban o corrían en las clases de Educación Física o en el patio, ella lo observaba todo desde una altura diferente a la del resto de compañeros. A veces su tutora Berta, que era una profesora muy dulce, la ayudaba cuando aparecían obstáculos por el camino para evitar que se cayera, pero esto no era bien visto por sus compañeros Marcos, Mateo, Lucas, Javier y Ana, que no pensaban en los dolores de Cayetana ni en lo difícil de su vida y la de sus padres, sino en los “privilegios” que creían que tenía por no hacer educación física, estar con la maestra o que le contasen cuentos a solas.
Esa envidia poco a poco empezó a crecer y estos “amigos” comenzaron a burlarse de ella, diciéndole “la preferida”. Ella no se enfadaba, solo sonreía.
Un día, en el recreo, los niños idearon un plan para recibir las mismas atenciones que Cayetana. Decidieron contarle a la maestra que les habían detectado una enfermedad rara que no tenía cura. Uno a uno fueron a la maestra contando la misma historia y Berta, que tenía buen corazón y era una mujer sensible los creyó. Se asustó mucho y pensó que Cayetana ya llevaba muchos años recibiendo ayuda y que era hora de ayudar a otros que también lo necesitaban, así que decidió que las clases de rehabilitación que recibía Cayetana pasaran ahora a sus nuevos alumnos “enfermos”.
La familia de Cayetana era tan pobre que sin esta ayuda se vieron perdidos, ya que ellos no se lo podían permitir por su cuenta. Cayetana entristeció y sufría cada día al ver a sus amigos salir de clase a las salas de juegos, al cuentacuentos o a jugar con plastilina en sesiones que no necesitaban, porque para ella esas clases eran la única esperanza de que sus piernas y su cuerpo se recuperasen. No entendía por qué ya no había sitio para ella.
Poco a poco los demás niños empezaron a aburrirse, porque se perdían juegos, partidos y carreras, y se dieron cuenta de que estar allí era un trabajo duro y no un privilegio.
Todo esto les hizo arrepentirse y más aún cuando vieron que Cayetana cada vez estaba más débil, así que decidieron confesarle a Berta la verdad.
—Maestra Berta—dijo Ana muy triste y avergonzada—, mi enfermedad se ha curado de repente. Ya no necesito las clases.
Los demás se unieron a ella y dijeron lo mismo.
A Berta le resultó muy extraño y llamó a los padres de estos alumnos para informarse y estos le dijeron que todo eso era una mentira.
Con lágrimas en los ojos, Berta corrió a la casa de Cayetana a pedir perdón a la familia. Era una casa pequeña y humilde, y allí se encontró lo que nunca habría imaginado: un dolor demasiado grande e incurable. El cuerpo de Cayetana se había debilitado por no recibir tratamiento y por la tristeza de sentirse abandonada, por lo que la enfermedad había ganado la batalla
Marcos, Mateo, Lucas, Javier y Ana lloraron hasta que no les quedaron lágrimas, recordando como siempre Cayetana, a pesar de todo, les sonreía con dulzura.
Berta, la maestra, decidió poner en el patio un “banco de la amistad” en honor a Cayetana, para aquellos niños que se sintieran tristes y abandonados por cualquier motivo.
Los niños aprendieron la lección más importante de sus vidas: tener una discapacidad es algo que no se debe envidiar, sino respetar y apoyar.
Segundo Premio Modalidad A: Ángela Zambrana Pozo «El circo de las sombras»
Año 1947, en algún lugar de Inglaterra…
He perdido la cuenta de los días que llevo aquí encerrada. Días y noches durmiendo en este mugroso colchón, esperando nuevas órdenes. En el circo es él el que manda, una vez que entras no puedes salir. Ya me avisaron los demás el día en que firmé aquel contrato que nunca volví a ver…
“Olivia Gris se compromete a permanecer de forma interna en el Circo de las Sombras”. Lástima no alcanzar a leer la letra pequeña.
Un par de semanas antes de suceder toda esta tragedia, mi hermano mayor Bastian fue recluido en la cárcel de forma totalmente injusta. Mi madre deseaba marcharse de casa desde el día en que nací, así que aquel día optó por dejar el alquiler a medias, hacer las maletas y rehacer su vida. Rehacer su vida sin mí, por supuesto. Para mis padres siempre he sido una especie de bicho raro, algo así como la oveja negra de la familia Gris. He de decir que el día en que mi padre, del que nunca volvimos a saber nada, decidió montarse en un barco y navegar por el Atlántico cuando apenas tenía diez años, no me sorprendí demasiado.
Siempre he sido consciente de que mi familia era peculiar, muy diferente a todas las demás, pero nunca hasta el punto de abandonar a su hija pequeña. Nací con un problema en las rodillas, algo que me permitiría ser gimnasta de élite si no me dificultara el caminar. Jamás he podido andar bien, y mucho menos correr o saltar, es algo que siempre he envidiado del resto de personas. Por este motivo, mis padres siempre han pensado que no soy lo suficientemente buena como para valerme por mí misma. Cuando era pequeña, solían ignorarme o simplemente no prestarme atención, y delegaban sus tareas como padres en mi hermano mayor Bastian. Tampoco me sorprendió que mi madre eligiera el día de mi decimoctavo cumpleaños para marcharse. Incluso se las ingenió para meter a mi hermano completamente inocente entre rejas. El cómo chantajeó y amenazó a Mark, nuestro vecino abogado, para lograrlo, es algo que desconozco y de lo que prefiero no saber detalles.
Estas historias familiares, si pueden considerarse así, hacen que recuerde que de no ser por el circo, estaría ahora mismo viviendo en la calle. Tal vez no sea tan malo, pues al menos cuento con un techo y un colchón, pero la única persona que me quiere está entre rejas, y yo, incapaz de dar diez pasos seguidos, me encuentro atrapada en el Circo de las Sombras, vigilada siempre por Él. Quizás sí que sea malo.
Anoche, después de los entrenamientos, caí rendida. Aquí ni siquiera podemos cambiarnos de ropa, y mucho menos comer más de dos veces al día. Claro que para el público somos el gran e idílico Circo de las Sombras, pero una vez que se cierra el telón, volvemos a la realidad, nuestra cruda y triste realidad. El circo se compone de varios integrantes: Cameron, el chico que maneja el fuego, Anna, Helen y Ginny, las trapecistas, Andy y Mandy, los payasos, y Gela y yo, las contorsionistas. A todos nos dirige el Director, por supuesto. Gela y yo fuimos las últimas en unirnos al grupo, y después de tantos días juntas, nos convertimos en íntimas amigas. Su vida antes de unirse al circo era muy distinta a la mía. Ella sí que podría ser gimnasta, ya que sus deformidades en las extremidades siempre fueron una ventaja y, si sus principales problemas no estuviesen relacionados con la escasez de dinero, ya habría ganado varias medallas. Vagaba en busca de una vida mejor y por ello decidió unirse al circo. Algo similar sucedió conmigo, solo que yo tan solo buscaba huir de mi hogar. Era consciente de que en cuanto mi madre tuviese la oportunidad, se escaparía y haría algo a mi hermano para que no me pudiese cuidar, pero nunca pensé que pudiese llegar hasta este extremo.
Jamás olvidaré aquel día. Para muchas otras niñas, cumplir los dieciocho fue motivo de fiestas y regalos, pero el único regalo que recibí yo fue no volver a ver a la única persona que me quería. Ah, y un contrato que terminó en secuestro. Qué irónico, ¿cierto?
Aquí, cada día es un calco del anterior. Todos nos levantamos a las seis y media de la mañana, nos alimentamos con un vaso de leche y dos galletas y comenzamos a entrenar. Cada uno hace los dolorosos y crueles ejercicios que dicta el Director, y después de pasar tantísimas horas entrenando, nos toca almorzar. Todos los días igual, almorzamos y cenamos un terrible puré de patatas, acompañado de una manzana de postre. Durante la tarde, tenemos las funciones del circo. Eso es todo.
Día tras día, noche tras noche. Pensándolo bien, quizás traten mejor a mi hermano en la cárcel.
–¡Socorro! ¡Que alguien me ayude!- Sollozaba el día en que el Director me encerró en este lugar. A menudo suelo revivir en sueños aquel fatídico momento que lo desencadenó todo.
Todo sucedió un dos de abril, el día en que mi madre se marchó sin dejar ni una mísera nota para sus hijos. No sé por qué me sorprendí, mi padre hizo lo mismo hace años, pero supongo que las pocas esperanzas que guardaba se desvanecieron cuando aquel día desperté y no encontré a Bastian sentado en la cocina tomándose el desayuno. Además, cumplir los dieciocho era algo que le facilitaba a mi madre sus planes de abandono.
Pasé varios días sumida en mi tristeza. ¡Echaba tanto de menos a mi hermano! Precisamente fue cuando me encontraba en mitad de un ataque de pánico, que se me ocurrió la idea de que quizás Bastian había enviado alguna carta para mí desde donde fuera que estuviese. Esperanzada, salí al modesto jardín que teníamos, abrí el buzón y me di cuenta de que estaba en lo cierto. Con cuidado, tomé la carta y regresé a casa con ayuda de mis muletas. La leí detenidamente. Se notaba que la había escrito rápido, pues no daba demasiados detalles y estaba redactada sin mostrar emoción alguna, pero fue suficiente para saber a qué situación nos enfrentábamos. En ella me contaba toda la verdad sobre las perversas intenciones de mi madre, pero también dejaba claro que él iba a hacer todo lo que pudiera por salir de la cárcel y ayudar a su hermana, costara lo que costara. Abrumada, decidí salir a tomar el aire, con ayuda de mis muletas, por supuesto, y vi anunciado en la cristalera de una floristería el causante de todo esto. Aquel dichoso anuncio que decía: Circo de las Sombras. Se busca contorsionista mayor de edad dispuesto a trabajar interno en la carpa.
Sin dudarlo, caminé más de lo que mis piernas permitían en dirección al circo. No era algo que me apeteciera hacer, pero en ese momento tenía claro que era mejor que vivir en una casa sin dinero ni comida algunos.
A veces me pregunto qué habría pasado si todo hubiera sido diferente, si jamás hubiese visto aquel cartel. Quizás habría regresado a casa sumida en mi tristeza, o quizás habría conseguido sacar mi vida adelante. Supongo que son preguntas de las que jamás conoceré la respuesta.
Tras caminar un largo rato, un hombre viejo, con nariz aguileña y aspecto de ogro malvado se asomó tras un mostrador. Me detuve a examinarlo. Vestía una chaqueta a rayas, a juego con un sombrero azul. Tenía el pelo canoso, y parecía que no se hubiese peinado en años. Conforme me fui acercando, me di cuenta de que el jabón era también un elemento que ese hombre desconocía, y ni siquiera llevaba zapatos, pues uno de los dedos del pie se asomaba por el hueco de su calcetín.
La decisión de marcharme y hacer como si nada hubiese ocurrido era muy tentadora, pero antes de darme tiempo a girar las muletas, aquel hombre ya se había presentado como el Director y había comenzado a acribillarme a preguntas. Unas preguntas que no resultaron muy agradables, por cierto.
Todo fue muy rápido. Me tendió un papel que parecía tener más años que el propio hombre, y lo leí y firmé. Una sonrisa maliciosa se dejaba ver en su rostro lleno de arrugas. Me equivocaba al pensar que esto sería un circo normal y corriente. En menos de un minuto, ya me había arrebatado las muletas y llevado a rastras hasta una minúscula habitación, en la que los muebles principales eran un colchón y cuatro paredes. Aquella noche lloré y pataleé como una niña pequeña. La vida es así de cruel. No ofrece ni un suspiro a los que sufrimos.
Tardé mucho tiempo en habituarme al circo, pero quizás, como crecí acostumbrada a que nadie me prestara atención, incluso llegué al punto de sentirme agradecida de tener, por muy miserables que resultasen, techo y alimento.
Esta es la historia de lo que ocurrió aquel día, y lo que hizo que tomara la decisión de unirme a este inquietante lugar. Todas las noches me consolaba pensando que esto tan solo era algo temporal, que algún día se me ocurriría algo para que mis compañeros y yo lográramos escapar, pero con el paso de los días fui aceptando la idea de que quizás el circo iba a ser el lugar en el que iba a pasar el resto de mi vida.
No estoy segura de si fue por culpa de los malos tratos que solía recibir, por la mohosa comida o por el putrefacto lugar en el que dormía, pero conforme pasaban los días me iba encontrando más débil y mis piernas se sentían más doloridas de lo normal. Intenté ocultarlo para no parecer frágil, pero Gela, con quien había entablado una triste pero bonita amistad, se dio cuenta de ello. Esa misma mañana, mientras entrenábamos, aprovechó una de las pocas colchonetas que había por allí para hacerse un pequeño corte con el plástico. Pasó su dedo por mi brazo y, cuando estuvo segura de que nadie más se había percatado de sus movimientos, comenzó a gritar:
–¡Director, Olivia y yo nos hemos cortado con este plástico!– Gela sollozaba, poniendo en práctica sus dotes dramáticos. Me dio un codazo.
–¡Ay!– Grité yo. El Director soltó un gruñido que indicaba que si tanto nos dolía, debíamos ir corriendo hasta el lavabo para aplicarle al menos agua a la “supuesta herida”.
Comenzamos a correr (o a intentar dar varios pasos seguidos sin caernos) en dirección al lavabo, cuando Gela tiró de mi brazo. Ajena al plan que había desarrollado ella en su cabeza, acepté un desvío en el camino cuando llegamos al baño. En un escueto intercambio de miradas repletas de terror, entramos en el despacho del Director. En esa sala se encontraba el armario que custodiaba los únicos bolígrafos de todo el circo. Tomé una hoja de papel y un bolígrafo de color azul, y comenzé a escribir mientras Gela buscaba los sobres. En aquella carta le contaba mi situación actual a Bastian, y también rogaba ayuda. Rápidamente, escribí su dirección, y Gela estaba a punto de meterla en un sobre cuando oímos una voz.
–¿Quién anda ahí?-Preguntó nuestro superior. Asustadas, nos escondimos debajo de la mesa. Ese hombre era tan estúpido que ni siquiera se dio cuenta de nuestra presencia. Escuchamos sus pasos retrocediendo hasta llegar al centro de la carpa y fue entonces cuando nos atrevimos a salir. Introdujimos la carta en el sobre y la depositamos en la caja de cartas para enviar del Director. De esta forma, cuando el cartero se pasara por la oficina del circo, mi carta se camuflaría entre las del Director y, con un poco de suerte, llegaría hasta la cárcel.
Los días siguieron pasando, y cada vez mi cuerpo se sentía peor. Ni siquiera yo misma era capaz de asimilar el esfuerzo que hacía cada tarde por salir al escenario y no derrumbarme en mitad de una pirueta. Intentaba hacerme creer que algún día conseguiría escapar de este lugar, pero mis esperanzas iban disminuyendo cada vez más. Dudaba que mi hermano hubiese recibido la carta.
Sufrí incontables castigos y, por supuesto, soporté todo tipo de humillaciones en el circo. Todos y cada uno de nosotros habíamos perdido ya cualquier tipo de esperanza e ilusión cuando, un sábado, en una función en la que me notaba especialmente alicaída, una niña pequeña con trenzas rubias gritó desde su asiento: -¡Mira mamá, fuego!-y comenzó a reírse.
La madre inmediatamente buscó el fuego con la mirada y comenzó a chillar histérica:
–¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego! ¡Que alguien me saque de aquí!–
Acto seguido, todos los demás presentes se unieron a los sollozos. Unos lloraban por miedo mientras abrazaban a sus familiares, otros gritaban mientras corrían despavoridos. Desde bambalinas, podía ver el rostro desencajado del Director. Hicimos un corto pero intenso intercambio de miradas entre todos los integrantes del circo, y comenzamos a correr (unos más rápido que otros) hacia la carpa central, donde se encontraba la salida. Gela me ayudaba a caminar erguida. Una vez que salimos al escenario, pudimos contemplar cómo cada persona del público era presa del pánico.
Inspeccioné cada asiento mientras buscábamos una manera de no morir en el incendio, cuando me percaté de algo: Entre el público, sentado en una esquina, se encontraba la única persona que no gritaba. Ni siquiera parecía asustada. –¡Bastian!– Grité, una vez que lo reconocí. Avisé mediante un grito a todos mis compañeros, pues merecían escapar tanto como yo. Señalé a mi hermano, quien me esperaba con los brazos abiertos. Una vez reunidos, nos condujo a Cameron, Anna, Helen, Ginny, Andy, Mandy, Gela y a mí hacia un hueco que él mismo había hecho en la carpa. Eso confirmó mis sospechas, mi hermano mayor se encontraba detrás de todo esto, pero en ese momento nada era más importante que escapar de aquel horrible lugar. Salí caminando con ayuda de mi hermano, y una vez a salvo en el descampado que rodeaba la carpa, vimos cómo las personas escapaban repletas de pavor, algunas con pequeñas quemaduras. También vimos a los bomberos llegar al lugar, seguidos de una ambulancia para socorrer a los heridos. Pero, mientras todos jadeaban debido al esfuerzo, me di cuenta de que el Director no formaba parte de las personas que se encontraban fuera de la carpa. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. No podía ser cierto. Él no…
Tras un rápido reconocimiento, los bomberos nos comunicaron que todos los presentes habíamos sobrevivido al incendio, a algunos les había costado el precio de alguna quemadura, pero lo primordial era que había una persona a la que habían encontrado tendida en el suelo, inconsciente. Nos acercamos a la zona de ambulancias y…confirmé mis sospechas. Lo contemplamos con furia, melancolía y puede que por culpa de mi empatía llegara a sentir algo de pena, pero tras echar un vistazo a lo que quedaba del circo y revivir con la mirada todos y cada uno de los días que había pasado encerrada, las únicas emociones que podía percibir en mí eran rabia e impotencia.
¡Por fin se había hecho realidad! El Circo de las Sombras había pasado a ser tan solo eso, una lúgubre y macabra sombra, pues la carpa se había quemado y todo en su interior también. Pero…los recuerdos de nuestra estancia aquí jamás iban a ser borrados. El mundo los iba a escuchar.
Pasaron los minutos, y fuimos comentando lo que había ocurrido, pero no fue hasta que Gela se atrevió a decirlo en voz alta, cuando fuimos conscientes de lo que realmente había pasado. Era verdad, las probabilidades de que el Director sobreviviera eran extremadamente bajas, por no decir nulas, y la carpa y todo lo que residía en su interior se había quemado. Solo quedábamos nosotros, incrédulos ante esta realidad.
La pesadilla que nos había estado atormentando durante tantísimo tiempo por fin había acabado. Y todo gracias a la ayuda de Bastian.
Estoy impaciente por saber cómo mi hermano se las ha ingeniado para escapar de la cárcel, llegar hasta aquí y prenderle fuego a la carpa. Aunque, si soy sincera, ahora mismo no me interesa saber nada de eso. Tan solo quiero hundirme en sus brazos, esos que tanto he añorado este tiempo. Hemos sobrevivido a los maltratos del siniestro Circo de las Sombras y, parece que por fin, la vida va a ofrecerme una tregua. Ojalá esté en lo cierto.
Primer Premio Modalidad B: Elena Roldán Rodríguez, La enana marrón.
Desde que tengo memoria me ha fascinado el cielo nocturno. Me quedaba horas mirando por la ventana, sin importar la hora o el frío que se colaba por las desvencijadas rendijas que algún día se pusieron para evitar accidentes. Siempre pensaba en la inmensidad del universo, lleno de miles de trillones de estrellas, cada una con su propio brillo. Hay grandes estrellas, como Alpha Centauri, que arden con tanta fuerza que todos las vemos y su campo gravitacional es tan grande que atraen a todos hacia ellas. Hay estrellas azules, que son preciosas, estrellas gigantes y muchísimas más, todos somos nuestra propia estrella. Me gustaba pensar, que igual que ellas, todos venimos de un mismo sitio, del polvo, y que cuando nos vamos volvemos a él. Me reconfortaba imaginar que, aunque algunas luces parecieran débiles o invisibles, tenían un sitio, un lugar en el universo. Que incluso lo que estaba apagado o a punto de apagarse podía sostener sistemas enteros sin que nadie lo notara.
Me decía a mí misma que el universo no entendía de reconocimientos o grupos, solo existía, y eso para mí era suficiente.
Pero en el instituto todo era diferente.
Allí las luces brillaban sin descanso, y yo era un poco lo contrario, una simple enana marrón. Tenue. Casi invisible. Siempre al borde de pasar desapercibida. Caminaba por los pasillos pegada a las paredes, intentando no chocar con nadie, observando cómo los grupos se movían en órbitas cerradas, alejados de mí, como si no tuviese masa ni existiera, como si fuese un planeta sin luna, una estrella sin su combustible o una simple chica que disfrutaba con sus inexistentes amigos, amigos imaginarios que salían de sus relatos favoritos, y que aunque supiera que no eran reales, la salvaban cada día de sus oscuros pensamientos que la invitaban a dejar de luchar, a rendirse por fin.
Cada risa que estallaba cerca era como una explosión lejana, no iba dirigida a mí, pero dolía igual. Yo siempre fui esa, solo me reconocían por ser amiga de alguien, era la última que escogían en educación física, aquella que si íbamos tres y la acera se estrechaba siempre iba detrás, esa amiga con la que si te encariñabas te trataba como si fueses lo mejor que le había pasado en la vida, pero por dentro siempre se sintió una mierda, sola, una estrella fugitiva, que había sido expulsada lejos cuando se formaba una supernova, si alguien que no estaba en su círculo se le acercaba, era un milagro, claro está que ella solo hablaba en su casa con su familia, por eso hablaba tanto con ellos, porque en el instituto nunca hablaba, solo escuchaba, cuando sus amigas contaban secretos no se incluía, no la incluían, y lo peor es que se sentía fatal, ella era el problema, todo era su culpa, y no entendía cómo puedes estar rodeada de gente y sentirte tan sola.
Nunca fui la última elegida por casualidad. Era la última porque nadie me veía. La que nadie incluía en los trabajos en grupo. La que sobraba en las fotos. Aprendí a no levantar la mano, a no opinar, a no ocupar espacio. Aprendí a agradecer cualquier palabra que se dirigiera a mí, incluso si era por error o compasión. En los recreos me sentaba en las escaleras más ocultas y lejanas del patio, con la mochila sobre las rodillas, fingiendo leer mientras dibujaba constelaciones inventadas, trazando estrellas inventadas que solo yo miraba. Simplemente no encajaba, no había personas que se llevasen conmigo, estaba sola.
Antes tenía amigas, un grupo grande diría yo, pero de un día para otro dejaron de hablarme, me excluían y poco a poco me fui consumiendo en mi propia pena, ya no me llamaban, no me invitaban, y poco a poco me dejaron hasta de mirar. Yo sabía que era rara, pero me aferraba a la idea de que todos somos así a nuestra manera, aun así mis recuerdos con ellas se pasaron como una noche de invierno en pleno curso de instituto, rápidos y fríos, y poco a poco solo yo misma me podía salvar, yo era la cura del virus que había creado, de lo que era, así que desaparecí.
Estaba mejor sola que excluida, y poco a poco los personajes de mi cabeza se hicieron más reales, aunque sabía que no lo eran. Veía constelaciones hablarme, a Orión dándome fuerza, a Cástor y a Pólux, y por supuesto a mi estrella favorita, Rigel, que me acompañaba a donde iba con la constelación de Orión. Ellos me salvaban y así me aguantaba todos los días, pero los problemas pasan como un tsunami, cuando crees que retrocede y estás a salvo es cuando viene la verdadera ola, y no puedes hacer nada para evitarlo.
De un día para otro la gente empezó de no mirarme a mirarme como si acabase de matar a una persona y me la hubiese tragado enterita.
-Miradla, siempre sola -decían entre risas, despreocupados por mi opinión- Es como si no existiera.
Yo bajaba la cabeza, apretaba los libros contra las rodillas, cerrando fuertemente los puños y repetía mi mantra: las enanas marrones también existen, no son errores, influyen a la gravedad y sostienen, aunque nadie las note.
Me refugiaba en libros de astronomía, en historias de personajes secundarios, y aprendí a estar sin quererlo, a soportar el peso del universo en silencio y eso me ayudaba a respirar. Me recordaba que por lo menos existía y me levantabas cada día, y eso ya era algo de una verdadera persona valiente, porque a veces es tan simple como eso, a veces el valiente no es el que lucha contra un león, se enfrenta a los profesores o protege a la damisela, a veces la verdadera valentía es estar para el que lo necesite, aunque no consigas nada, aunque todo esté perdido, sigues, y eso es ser valiente también.
Pasaron los meses sin dragones ni caballeros, solo una chica que esperaba. No hubo ningún momento heroico, solo cansancio acumulado, como una estrella que se iba enfriando poco a poco sin que nadie lo notase.
Cada día era lo mismo, andar, esquivar, callar, aguantar y repetir. Sobrevivía en los márgenes como un personaje que iba a ser protagonista, pero alguien se presentó antes y mejor.
Hasta aquel lluvioso día de viernes.
Los viernes la gente siempre quedaba, salía por las tardes, pero hoy no, hoy llovía, y mucho, pero la verdad es que lo prefería, lo sentía como una venganza.
Quiero que llueva, que se inunden las calles como las lágrimas que suelto al día inundan mis ojos, que no pare de llover hasta que se caigan las estrellas del cielo, y si eso es posible montarme en una para escapar, escapar de mi vida de una vez por todas, para poder seguir hacia adelante y subir, subir y subir, que llegue tan alto que el oxígeno disminuya cada vez más rápido y que por fin la estrella caiga como un meteorito, yo encima, cayendo como mi ánimo cuando descubrí lo sola que estaba, que todo lo que había aprendido y todos los personajes que había creado eran fruto de mi imaginación, que era mi subconsciente que, siendo más fuerte de lo que creía me animaba resistir cada día a lo que sería una muerte segura.
Quiero que llueva y que se arruine el viernes de todos, que sea peor pesadilla que todos los días de mi vida y que sepan que duele, aunque solo sea lluvia es mi lluvia, es el universo que me manda una señal de que tan mal no lo hago, de que resista, de que el agua es un ciclo sin fin que siempre va cambiando, y que tengo que aguantar la condensación porque ya caeré como el agua de esta precipitación bendita que hace que salgan mis mejores pensamientos, porque en la lluvia nado, pero en ellos me ahogo.
Había llegado al límite, todos tenemos uno, pero yo había aguantado más que nadie, y no podía más.
Esa tarde fui a comprar telas, me encantaba crearme mis pañuelos, en ellos cosía constelaciones, y me los llevaba a todas partes porque me recordaban al universo, mi casa, mi hogar.
El cielo estaba gris, espeso, parecía haber olvidado cómo ser cielo. Caminaba tranquilamente con los auriculares puestos, escuchando melodías que hacían parecer que no todo estaba perdido. Con la mirada fija en las grietas de la acera, pensando otra vez que quizás era real que no servía para nada. Que mi vida era tan invisible que nadie notaría si desaparecía por un momento.
La calle estaba llena, pero yo me seguía sintiendo completamente sola. Es curioso cómo puedes estar rodeada de gente sabiendo que no perteneces a ningún lugar. Veía grupos de amigos riéndose, parejas cogidas de la mano, madres regañando a sus hijos con miradas perdidas y sonrisas cansadas. Todos tenían a alguien. Todos menos yo.
Volví a pensar que el problema era mío. Tal vez yo estaba rota de una manera que los demás veían. Tal vez algo en mi cara advertía que nadie se acercase. Me miré en el reflejo de un escaparate y no vi nada en especial, solo una chica cualquiera con ojeras, el pelo mal peinado y una tristeza que no se borraba ni durmiendo.
Caminaba despacio, arrastrando los pies. No tenía prisa en llegar, total, nadie me llamaría para hacer otra cosa que coser mis pañuelos. El semáforo de la calle principal de puso en rojo y me detuve con la mirada perdida en las numerosas hojas que caían en
esa triste tarde de otoño. Pensando que, si permanecía así para siempre, el mundo seguiría su perverso camino.
Entonces lo escuché.
Un fuerte ruido, un pitido de coche que cortó el aire y un estrepitoso grito agudo que recorrió la calle dejándome un escalofrío. Levanté la cabeza sin saber que sería, asustada, y lo vi todo al mismo tiempo, un coche acercándose demasiado rápido, el semáforo todavía en rojo, y el niño.
Era pequeño, con ojos verdes aceituna y unas mejillas rojas redondas, con una mochila enorme que casi lo tiraba hacia atrás. Estaba en medio de la calle, congelado, mirando la pelota roja que se le había escapado de las manos. Tenía los ojos muy abiertos, llenos de miedo, y la boca entreabierta, como si quisiera llamar a alguien y no pudiera. Me recordó a mí de cierto modo, la misma mirada soñadora, era un mini yo, de cuando era feliz.
Miré alrededor esperando a que alguien reaccionara, porque eso hacemos los humanos, esperamos a que venga el héroe a salvar a la persona en apuros, y nunca nos planteamos que levantarse todos los días es también de héroes, que hablar a alguien que está solo es de héroes, ofrecer un paraguas a alguien cuando llueve, aunque la mitad de tu ser se moje o esté incómodo, o simplemente reaccionar, eso es un verdadero héroe.
Esperé a que algún adulto corriera, que alguien gritara, que el universo hiciera algo. Pero nadie se movía. Todo parecía ir demasiado lento y demasiado rápido a la vez.
Juré por las estrellas del universo que no me dejaría llevar, pero a veces tu subconsciente toma el mando, y ser lógico o coherente queda atrás.
No pensé en nada más.
Ni en mí.
Ni en el coche.
Ni en lo que podía pasar después.
Solo dejé que mis piernas tomasen el control y corrieran como nadie había corrido jamás. Solo supe que no quería que muriera. Que no quería que el niño aprendiera, tan pronto, lo cruel que puede ser el mundo.
Corrí.
Sentí el corazón golpeándome en el pecho como si fuera a romperse en mil pedazos, recordé también que las enanas marrones sirven para algo, y que las cosas no pasan en vano. El aire me quemaba en los pulmones y mis piernas temblaban, pero no paré.
Agarré al niño, recuerdo su piel fría y su mirada asustada que pedía algo de compasión, lo empujé con todas mis fuerzas hacia la acera. Escuché su llanto cuando cayó, un sonido vivo, real, que me atravesó como algo bueno.
Después vino el impacto.
No recuerdo el dolor exacto, solo un golpe seco, brutal, y una sensación de frío, como si el cuerpo dejase de ser mío. El cielo iba girando de un lado a otro y todo se volvió blanco, empecé a recordar momentos de mi vida, mi primer telescopio, cuando salía con mis amigas, cuando dejé de salir con ellas, mis personajes, que me acompañaban adonde fuera, Rigel…
Pensé, de una forma extraña y tranquila, que era mi fin, que así es como debía desaparecer, que todo iba a acabar, así que relajé los músculos de mis entumecidas piernas, una lágrima recorrió mi mejilla izquierda, y finalmente sonreí.
Antes de quedar inconsciente tuve un pensamiento absurdo: al menos alguien va a recordarme por algo, o eso espero.
Ahora dicen que estoy en coma.
No sé cuánto tiempo ha pasado. Aquí dentro no existe reloj. Todo es oscuro, pero no da miedo, tranquiliza. A veces escucho voces lejanas, como si estuvieran a galaxias enteras de distancia. Creo reconocer algunas, pero no estoy segura. Me gusta imaginar que alguien se sienta a mi lado, que me habla, aunque no pueda responderle.
Me pregunto si el niño se acuerda de mí.
Si sabe que está vivo porque una chica que se sentía sola decidió correr. Tal vez ahora sí soy importante.
Tal vez ahora deje una marca, un ejemplo al mundo.
Y aunque no puedo abrir los ojos, siento que ya mismo despertaré y todo habrá cambiado, ya no seré la misma chica, tendré mis cicatrices, pero tendré mis motivos para simplemente estar, cosa que antes no tenía.
Aunque no puedo moverme por primera vez no me siento invisible. Pensé en mí.
Yo no era una estrella brillante, nunca lo fui, pero tenía peso, densidad y sentido. Era una enana marrón, sí, tenue, discreta, invisible para muchos, pero real.
Aprendí que el universo se sostiene gracias a lo que no brilla. Que a veces la función más importante es simplemente estar, incluso cuando nadie más te mira.
Pienso en mi ventana en la inmensidad de la noche, ya no busco aprobación, pienso en la materia oscura, pienso en el niño que vive, en el tiempo que no estuve consciente y seguí viva igual.
Y sonrío, aunque no puedan verlo.
Sigo siendo una enana marrón.
Tenue, discreta, invisible para muchos, pero ahora imprescindible.
Porque en el universo, como en la vida, no todos los que importan necesitan brillar. Algunas fuerzas existen para sostener, aunque tengan que desaparecer por algún tiempo. Y yo sigo aquí.
Y eso me basta.
“Para todas esas personas que sienten que no caben en ninguna órbita, hasta las estrellas lejanas dejan huella con su propia luz.”
Segundo Premio Modalidad B: Claudia Sánchez Dotor, La franja azul.
Al principio la casa no tenía ventanas, ni muros, solo una puerta abierta que invitaba a pasar. La casa estaba situada en una preciosa llanura, rodeada por hierba verdosa que evocaba una frescura casi indescriptible. Aquel prado con ese manto herbáceo tan fresco y despampanante que se abría ante ella era tan tentador, que no dudó en ningún momento en cruzar el umbral de la puerta de aquella morada.
Dentro, aquella quinta no destacaba por su acogedor espacio, sin embargo, le daba una sensación de seguridad y resguardo tan reconfortantes que se le hacía imposible percibir lo errónea que había sido su decisión de haberse dejado llevar por la tentadora oferta de sentirse resguardada bajo el techo de aquella casa.
Al principio no había problemas, solo había promesas. Él le habló del refugio, de la sensación de protección que la casa brindaba a quien estaba dentro. No habló de los muros.
Le habló del amor, del afecto, de la devoción y adoración, no de aquel frío mordaz y gélido.
Pero cuando esos dichosos muros se empezaron a alzar, ella solo los observó levantarse a través de la ventana de su habitación, ya estaba dentro.
Entonces, la quinta comenzó a crecer hasta llegar a alcanzar un tamaño descomunal, al igual que los muros que se alzaban expectantes ante ella. Las paredes ascendían rectas, severas, hasta perderse en una línea de cielo tan delgada que parecía una herida mal sanada, curada con remilgo y desprecio, una herida que no podía cerrarse sola, sin ayuda. Desde el patio exterior, el cual se encontraba delimitado por aquellos muros, ya no crecía la hierba. La naturaleza parecía haber abandonado aquel lugar, dejando a su paso las marchitas flores que de antaño fueron de colores vivaces, el manto de hierba verde y fresca se tornó de un color absurdamente melancólico y apesadumbrado.
Desde allí, ella observaba sentada cómo el cielo se cerraba. Los rayos de sol ya no le alcanzaban, ya no bañaban su piel morena ni sus cabellos negros con sus ardientes rayos llenos de esperanza.
También añoraba la luna, con su reflejo transparente y su magia de media noche. Siempre cariñosa en el cielo sombrío, como una madre izándose imponente pero dulce en el cielo con la compañía de sus miles de hijos, las estrellas.
Fue entonces que comenzó a hacer frío en la casa. El calor y seguridad que emanaban fue desapareciendo sin previo aviso, sin apercibimiento.
Era un frío húmedo, persistente, que calaba en los huesos como la lluvia fina de noviembre. Era como si las paredes le robasen la poca felicidad que aguardaba dentro de su corazón. El suelo conservaba una temperatura de piedra olvidada bajo la tierra. Incluso en verano, cuando el sol con su fuerza estruendosa lograba colarse por un instante a través de los muros, el calor no llegaba a la casa.
Él decía que el frío era normal.
Que ella siempre exageraba de sobremanera.
Que siempre había tenido una personalidad frágil como los pétalos de una rosa marchita. Que era muy sensible.
Y entonces, ella comenzó a dudar de si misma. De su propia cabeza, del termómetro de su piel.
Todo estaba bien, muy correcto y todo en su orden. Su rostro luminoso y bien compuesto, sus ropajes siempre cuidados, su pelo simétrico. Sí, todo estaba bien, menos ella, tan dolorida y apenada que se sentía a punto de estallar en mil pedazos. Era algo que la mordía por dentro, algo fiero y oscuro, grande y tremendo.
La casa estaba repleta de recovecos, tenía infinidad de habitaciones, pero cada una era más pequeña que la anterior. El techo parecía cernirse sobre su pequeña cabeza, bajando cada vez más con el tiempo, o quizás era su espalda la que se encorvaba.
Estar encerrada en aquella casa hacía que se atosigase. A veces, el resentimiento por el abandono y aquella fría soledad se hacía tan fustigante que odiaba cualquier emanación viviente.
―Allí fuera es peor― le decía él con un tono gélido en la voz, un tono que no admitía discusión. ―No durarías ni una semana―.
Ella imaginaba ese afuera como un territorio hostil, lleno de las sombras más crueles que nadie podría ni imaginar. Que fuera hacía más frío, más daño que estar encerrada en aquella casa.
Pensaba en la intemperie, en el abandono, en la de miles de miradas juzgándola. En fracasar sola. Dentro, al menos, sabía cómo sobrevivir.
Aprendió los ritmos de la casa.
Aprendió qué baldosas crujían. Aprendió qué palabras encendían tormentas. Aprendió a pedir perdón antes de entender de qué era culpable.
Él no siempre gritaba ni alzaba su voz.
La acariciaba con una ternura y adoración fuera de lo común para su temperamento. Y esas caricias, ese falso anhelo de amor y afecto eran la trampa más peligrosa. Porque el cuerpo, hambriento de calor, olvida rápido el hielo.
Una tarde, encontró la puerta principal. No recordaba haberla visto antes, solo hacía años, cuando la traspasó por última vez y no volvió al exterior. Era de madera oscura, pesada, con un picaporte oxidado y desgastado. La tocó esperando ser rechazada o incluso que la quemara.
Pero eso no pasó.
La empujó levemente con un sonido sordo. La puerta cedió apenas un milímetro.
El aire que entró no fue violento, ni cruel, no tenía amenazas.
El corazón le golpeó en el pecho con una violencia desconocida. Pensó en salir, en ver el cielo completo y no solo una delgada franja melancólica.
Pensó en caminar sin pedir permiso, en vivir sin preguntar.
Fue entonces cuando recordó su voz.
―Eres mía, mi mujer, mi niña de ojos de lucero. El consuelo de este pobre borracho egoísta y altanero. Nadie te querrá como yo lo hago, jamás…―
La casa seguía detrás de ella, parecía más fría que nunca, como si tan solo con acercarse a aquella puerta fuese una traición.
La puerta seguía entreabierta.
La cerró despacio, con cuidado, como si estuviese devolviendo algo prestado.
Esa noche él le habló del futuro, de cómo la casa crecería solo para ellos, la abrazó con mimo, con cuidado.
Aquella noche fue todavía más impasible, el frío se hizo más profundo, lo sentía en la sangre. Ella sintió una enorme culpa insoportable por haber dudado.
Pasaron días, o tal vez semanas, o meses. En la casa el tiempo no tenía piedad, no tenía calendario.
Una madrugada, su sueño se vio interrumpido. Se despertó temblando, mas no de frío, si no de la certeza. Comprendió algo con una claridad aterradora: no le daba miedo aquello que se encontraba fuera, lo que realmente la atemorizaba y no la dejaba vivir era el miedo de no saber quién sería sin él, sin la casa. La identidad que había construido pieza por pieza allí, no sobreviviría a la nítida luz del sol. Y eso era lo que realmente le producía pavor.
Se levantó de la cama con una sensación de mareo, como si miles de agujas se clavasen repentinamente en la parte delantera de su cabeza sin piedad alguna. Caminó descalza por el pasillo, sus cálidos pies entrando en contacto con el gélido suelo, pero aquellas baldosas frías no la detuvieron.
Llegó a la puerta principal y no pensó en discusiones, no pensó en finales felices.
Pensó en, por fin, respirar libre. Ella dudó por un momento, pero la curiosidad era más fuerte que el miedo.
La puerta se abrió con un crujido infernal, como si la propia casa no quisiera dejarla ir, pero cedió igualmente. El aire entró de golpe, golpeando con fuerza su cara. Con ello, le invadió una sensación de seguridad reconfortante y la certeza de un mundo más libre.
Comenzó a caminar hacia delante, sin mirar atrás. Cuanto más se acercaba a los muros, más notaba como estos descendían de su colosal tamaño.
En un punto, se dio cuenta, que los muros de altura aterradora nunca habían sido altos, siempre habían tenido una altura razonable. Ella era la que había encogido debido a las palabras de él.
El frío la atravesó por última vez, estaba cargado de palabras dulces, y por un segundo estuvo a punto de volver, porque lo conocido duele menos que lo incierto. Pero se dio cuenta de que el aire exterior no dolía como él decía, este no exigía pedir perdón por cosas banales, no exigía perdón por existir.
Dio un paso, luego otro, y otro, hasta que comenzó a correr sin darse cuenta.
La casa quedó atrás a la velocidad de la luz, la pradera comenzaba a tornarse de un verde vivaz y precioso, las flores parecían volver a crecer. Sonrió de felicidad, disfrutando de la calidez del pasto y de la frialdad de la luna.
Y durante un instante comprendió que el verdadero muro nunca fue de piedra. Fue la voz que aprendió a repetir dentro de su cabeza.
Y de eso, también podía desprenderse.
Primer Premio Modalidad C: Aitor Sillero Coca, Cuando nadie mira a los que cuidan.
I. Lo que nunca fue: La Infancia.
Aquí no me permiten pasar. Aquí me desvanezco antes de manar. Llegué una vez, descendí de un tren lento, desgastado, con un lazo rojo en el cabello y una caja de hojalata que contenía canciones, juegos y ese aroma a polvo tibio que se mantiene en la ropa tras correr. Caminé entre los rieles con la esperanza de que alguien me recibiera, de que alguien extendiera los brazos y me hiciera un hueco en su regazo. Pero no fue así. Una piedra me golpeó antes que una mirada. Una palabra mal dicha, envuelta en espinas, me empujó a las sombras de mis días. Entonces comprendí que Kamalapur no es lugar para mí, que esta estación solo da cobijo al abandono, al hambre, al olvido. Yo, que soy juego, risa y muñecos de trapo viejo, no tengo espacio en este mundo.
Desde entonces rondó, invisible, entre los andenes, como un perro sin dueño que busca migajas de afecto. A veces me escondo entre los cartones, y otras me enrosco en el humo de los trenes, esperando que alguno me vea pasar. Pero ellos ya no me reconocen. Me han olvidado incluso antes de conocerme. Y no les culpo, nacieron sabiendo que la vida les negaría la ternura. Nacieron con los ojos gastados, como si hubieran llorado mucho en otra vida. Nacieron sin nombre, sin manos que los sostuvieran.
Los he visto crecer como hierba entre las grietas: sin tierra, sin agua, sin promesa. Descalzos entre rieles y ratas como si cada paso fuera una súplica. No tienen a quién rezar, pero igual rezan. Se cuidan entre ellos con una sabiduría que no me pertenece, como si supieran que nadie más lo hará. Y yo, que debería haber sido su abrigo, su canto de cuna, su escondite secreto, solo puedo mirarlos desde lejos, arrastrándome por el polvo, sabiendo que soy lo único que no debieron perder. Una vez, solo una vez, creí que uno de ellos me reconocía. Era un niño flaco, de ojos demasiado grandes para su cara, y por un momento me miró como si recordara algo que nunca había vivido. Se acercó, dudando, y estiró la mano. Le ofrecí una pelota imaginaria, un secreto, una caricia. Pero justo entonces lo llamaron por su nombre, o por algo que usaban como nombre:
—¿Y pa’ qué rayas tanto, Karim? Si ni sabes poner tu nombre… ¿Vas a mandar cartas al viento o qué?
Y él se alejó corriendo sin mirar atrás. Fue suficiente. Con ese gesto, supe que sigo existiendo, aunque sea en un rincón, aunque sea como eco de ilusión. Pues comprendí que no soy nostalgia, ni recuerdo. Soy una promesa rota. La infancia que no fue. La risa que no nació. Solo ha quedado un resquicio de mi existencia: el barro de uñas sucias, el columpio que nadie empujó, el miedo de la noche que debía calmarse entre una nana
maternal. Pero aquí, en esta estación, soy inútil. Los trenes vienen y van, la gente pasa, el mundo gira, y yo sigo detenida, sin billete, sin destino. Cada día que pasa me hago más pequeña, más flaca, más triste. Me desvanezco, casi muero.
Y, sin embargo, no me voy. Sigo esperando. Porque quizás un día alguno de ellos, aunque sea uno, me vuelva a llamar. Me miren sin miedo, me den un lugar entre sus brazos sucios y su pan compartido. Entonces volveré, aunque esté resquebrajada, aunque llegue tarde. Me sentaré a su lado, sacaré mi caja de hojalata, y juntos jugaremos a creer que todavía hay tiempo. Ahora mis manos son de vieja plata. Me siento cada tarde en un rincón de la estación con la caja de hojalata llena de melodías que alguna vez hicieron bailar a alguien en alguna parte, excepto en este lugar. Nadie me compra. A veces los niños se acercan, me rodean pareciendo gatos callejeros. Karim es el más atrevido; se sienta enfrente y hace girar una de las cintas con el dedo, como si fuera un trompo. Otro la mete bajo la camisa. Otro más corre con dos en el bolsillo. No disimulan, los veo y entonces pienso: si me están robando lo que ya es suyo. Quizás un día alguno de ellos —aunque sea uno— me vuelva a llamar. Me diga:
— Ven, tú, la de los juegos que nunca llegaron.
II. No sé escribir, pero sé cuidar.
—Eh tú, el de las ratas, el más largo, Bau —me dijeron una vez.
Así me llamo yo, sin hache ni ná o yo no se la pongo. Que si me llamo de verdad así, pues no lo sé. A lo mejor sí, o a lo mejor era un nombre de perro y me lo pusieron porque pasaba uno por allí justo cuando me encontraron metido en una caja de fruta podrida detrás del puesto de cebollas. Dicen que yo lloraba poco. Eso seguro que era verdad. No soy de mucho escándalo, nunca lo he sido. Solo cuando me pisan el pie sin querer, ahí sí me quejo, porque el pie derecho o el izquierdo, no lo tengo muy claro ahora anda medio chungo desde lo de la carrera del tren. Que eso fue otra historia, larga, con sangre y todo. Ahora cojeo, como si el suelo me hiciera zancadilla cada tres pasos. Cuando jugamos a la pelota, aunque ahora no tanto porque soy el mayor y tengo que mantener la compostura, Shubo me la pasa bajito, a veces le doy con la parte buena del pie y aún me sale algún pase bonito y me dicen“¡Bau, ese fue un pedazo de gol!”. Y yo les sonrío, como si no doliera.
Pero que me enrollo. A ver. Yo soy el que los cuida, ¿vale? O sea, como el jefe, pero sin bigote ni oficina. No soy muy alto, pero me las apaño. Los brazos los tengo delgados, pero duros, de trepar vagones, cargar sacos, y espantar ratas. El pelo lo llevo como se puede, tieso, me lo corté una vez con una cuchilla rota que encontré, por hacerme el importante, y me dejé un trozo calvo, pero ya da igual. Y un diente menos, pero eso fue culpa del hambre y una pelea tonta. Los pantalones me quedan grandes, son de adulto, creo que de un tal Raju que se fue y no volvió. Pero por lo demás igualito a un jefe enrollado y guapete.
Aquí en Kamalapur, cuando tú eres el mayor, pues ya está, te toca cuidar a los otros, quieras o no. Ser el mayor aquí es como ser un poco padre, un poco madre, un poco… dios, si es que eso existe, pero en sucio, sin milagros ni paloma blanca. Los otros me siguen porque saben que yo no dejo a nadie tirado… como el otro día cuando Shubo se hizo pis encima tres noches seguidas, y no le dije nada o Karim, que tiene los dientes de leche como caramelos blandos, me agarra del pantalón cada vez que oye un tren, como si yo fuera su manta de dormir. Yo, pues, hago lo que puedo. Cuento historias, aunque no las sepa bien. A veces me invento palabras, porque las otras no me salen. Digo cosas como “el plan estratijerico” o “tenemo’ que ser sigilososos”, aunque nadie me corrige porque a ver quién es más atontao aquí.
Dormimos todos juntos, debajo del cartel ese de la señora que se ríe como si le hicieran cosquillas en la barriga, el de Pepsi. Nos tapamos con un plástico grande que encontramos detrás de la estación. Tiene un agujero, pero justo no cae gota por ahí. Bueno, a veces sí, pero Karim dice que es lluvia mágica, que da suerte. Yo le dejo creer eso, porque el pobre ya tiene bastante con su tos que no es normal, que no le suelta ni para dormir y que tampoco nos deja a los demás.
—Bau, sacala, anda corre que la quiero ver.
Y esa noche hicimos sonar esa caja de hojalata ¡de las buenas, buenas! que tiene manivela y todo. Desde que Shubo la vio entre los cachivaches de aquella vieja que siempre está ahí, encorvada en su rincón. De piel arrugada como un mapa de caminos que nadie quiso seguir, y con uno de los ojos pipa, y el otro, el bueno, me mira con tristeza como si supiera que un día también nos olvidarán, y eso duele más que cualquier golpe. A veces me acerco y la veo contemplar al vacío, como buscando algo que se perdió hace tiempo, algo que nosotros tampoco tenemos. Sus manos tiemblan y huelen a frío, y aunque quisiera ayudarla, no sé cómo, porque aquí nadie sabe más que sobrevivir.
Pero cuando giré la manivela y sonó la música, por un instante pareció que el tiempo se paró y la estación no era tan gris. La pusimos en el medio, aguardando el bien más preciado que tenemos aunque sea robado, y todos se quedaron dormidos con ese sonidito tan chiquitito de campanita triste, dando vueltas. Yo no dormí. Me quedé mirando cómo respiraban, cómo se movían un poco en sueños. Los conté. Siete. Faltaba Mina, como siempre, pero bueno. Ella va por otro lado. A veces me pregunto si algún día voy a dejar de ser el mayor. Si va a venir uno más grandote que yo a decirme:
—Eh tú, el de las ratas, el más largo, anda, descansa ya, Bau — Pero eso no pasa. Aquí, el que cuida, cuida hasta que no puede más. Y como todavía puedo… pues eso. Aquí sigo.
III. Mi mamá vive en la luna.
A mi querida mamá,
Anoche llovió y pedí un deseo. Dicen que si te cae una gota justo en la frente es porque una estrella te dio un beso. Yo cerré los ojos muy fuerte y dije tu nombre bajito, por si estabas ahí, escondida entre las nubes: mamá.
A mis amigos de aquí abajo, los del andén, les cuento que tú eres la que ilumina las estrellas por la noche, una por una, con mucho cuidado. Ellos se ríen, pero qué más da, eso solo lo sabemos tú y yo. También imagino que vives en la luna, lejos del humo del tren, donde nadie puede verte pero igual me estás mirando.
Hoy no te encontré entre la gente. Algunas mujeres me miraron, pero ninguna era tan bonita como tú. Creo que si me acariciaras una noche mientras duermo como una hada buena, lo sabría. Yo no abriría los ojos, lo prometo. Porque si los abro, capaz de asustarte y volar. Sé que si me abrazaras me dolería bonito.
Esta mañana encontré un pedazo de pan en el suelo. No estaba sucio, Ma, estaba casi entero. Me dio mucha hambre, porque anoche no cené, pero no lo comí. Lo envolví en un papel que encontré y lo guardé en la caja donde están los tapones, una piedrita blanca, y el tren de juguete sin ruedas. Es tuyo. Para cuando vengas. Así te puedo dar algo yo. Y si no vienes, igual te llega el olor. Dicen que el pan caliente sube hasta el cielo, aunque este no lo esté, algo es algo.
Si puedes, visitame una noche y te enseñaré este lugar pequeñito pero acogedor… y si no, no importa, con el beso de una estrella, me vale.
Karim, tu hijo.
—¿Y pa’ qué rayas tanto, Karim? Si ni sabes poner tu nombre… ¿Vas a mandar cartas al viento o qué?
—Para que no me duela lo de adentro —contestó sin mirarme, como si esa frase la tuviera ensayada desde hacía años. Él siempre dice que hablar es de tontos. No sé qué es “lo de adentro”. Pero él lo tiene muy roto. A veces creo que lo que realmente duele no es recordar, sino tener que ponerle nombre a lo que uno no entiende. Por eso yo tampoco digo nada.
A veces pienso que Karim quiere desaparecer pero no sabe cómo. Que le da miedo no existir, pero más miedo le da quedarse aquí. Que se pega porque no puede gritar. Porque nadie lo escuchó nunca. Ni cuando lloró de verdad, ni cuando su nombre dejó de ser suyo. Nosotros lo dejamos hacer, porque no sabemos curar eso. Pero cada noche, cuando se duerme, le acercamos nuestras manos sin tocarlo. Por si acaso nota el calor.
IV. Cuando nadie mira a los que cuidan.
Aprendí a robar como se aprende a respirar: sin pensar. Nadie me enseñó. Simplemente sucedió, como el pulso en las venas o la sombra al caer la tarde. Durante la noche era
cuando mejor me movía, desvalijando calles vacías, campos resecos, andenes sin dueño. Al principio, robaba arroz, solo un puñado, que bastaba para saciar mis ansias de manos vacías, desnudas y temblorosas. Pero luego, esas manos se acostumbraron a más. Pobres manos desnudas, por ello luego fueron relojes, muy lujoso, muy brillantes.
Camino bajo un cielo que ya no promete nada, entre las lágrimas de un amanecer que nunca despierta, porque yo soy eso: la que recoge lo que ya nadie espera, la que guarda lo que fue, lo que nunca será. A mí no se me reza, ni se me teme del todo. Me conocen como quien conoce una sombra familiar: una figura sentada al borde de las vías, con las manos vacías y la paciencia larga. No tengo prisa. Nunca la he tenido. Vengo cuando la tristeza se hace cuerpo y ya no cabe en el pecho. Me siento, espero, y cuando me miran, no bajo la vista. Solo devuelvo el gesto con la misma dulzura que se le da a los niños que nadie supo consolar. Ellos me han olido en las mantas mojadas, en la tos que no cesa, en el pan que nunca alcanza. Pero no me odian. No podrían. Porque soy la única que llega sin pedir nada a cambio.
La estación tiene algo de tumba y de cuna. Hay noches que me parece que todo está muerto, y otras en las que la vida se enciende de golpe, como cuando alguien encuentra una moneda o un diente se cae sin sangre. La música de la caja ya no suena, pero todos creemos que sí. Porque cuando suena, nadie llora. Cuando suena, hasta el suelo parece florecer.
Llegué a ellos sin hacer ruido, como lo hago siempre. Me senté entre sus holgorios infantiles una noche. Éramos siete. A la mañana siguiente, quedamos seis. Karim fue el primero. Siempre tan callado, siempre con las orejas encendidas y la mirada perdida en lo que no se puede tocar. Escribía cartas a su madre, esa que vivía en la luna, y escondía migas de pan como quien guarda tesoros sagrados. Cuando dormía, lo hacía con una fe antigua, como si soñar pudiera salvarlo. Esta noche, su tos se detuvo. Nadie dijo nada. Solo Bau, que siempre lo miraba de reojo, notó que el pecho ya no subía. Me acerqué a él con cuidado, como se toca a un pajarito herido. Y cuando lo levanté, era liviano, como si ya no tuviera miedo. En su cara había una paz desconocida. Lo llevé donde el mar de estrellas es alto y encendido, como él lo imaginaba, donde el eco no duele y la luna canta bajito, diciendo: “ven, hijo mío”.
Shubo vino después. La fiebre le comió el corazón. No lloró. Solo se apagó como una vela sin cera. Le acaricié y besé suavemente su rostro, compartiendo un secreto que solo él podía entender. No se resistió. Ya se había ido por dentro. Sus manos eran frías, pero no crueles. Me dijo mi nombre verdadero, ese que nadie usaba ya: “La Muerte”.
Aun así, yo sigo siendo la que soy. La que sostiene el arma en silencio. La que observa cómo las balas atraviesan cuerpos sin nombre. La que escucha gritos que nadie responderá. Aún cargo ese peso: el de la última bala, el de la última palabra. Y la vi, alma llena de gracias y esperanza, tenía la cara apoyada en la tierra, como si escuchara el conversar de las hormigas. Las rodillas dobladas. El vestido roto. Y una flor que no llegó a abrirse aún emanaba de su frente herida, era como si hubiera querido crecer dentro de
ella, pero no le dio tiempo. Nadie la llamó. Nadie preguntó por ella. Solo quedó allí, en la quietud silenciosa de los cuerpos usados. Donde nacía su voz, apenas un murmullo, clara y dulce. Era como si la tierra predicara un arrullo antiguo. Pobre cancioncilla que ondeó sin dueño, delicada como un pétalo al viento:
Nací tempranito, nací sin rumor,
alba serena me dio su candor.
Soy florecita de pétalo en flor,
tiemblo en tus manos, respiro tu amor.
Bebo la lluvia, me arrulla la luz,
tiemblo en la sombra, me falta la cruz.
Viento me lleva, silencio me da,
una voz dulce me viene a arrullar.
Duerme, florecita, duerme sin dolor,
Muerte te abraza con brazo de amor.
Cierra los ojitos, todo terminó,
canta la salvación: descansa, mi flor.
Grité su nombre hasta desgarrarme. La busqué entre raíles viejos, deseando limpiar, cuidar, arrancarle las espinas que provocaron su sangre. Aunque ya era inutil, ni siquiera respiraba. Pero había en su rostro una calma extraña, como si en el último segundo —solo en ese—, hubiese vuelto a ser niña. El barro le había dibujado estrellas en las piernas. Y aún tenía los dedos cerrados, como si sujetara algo invisible. Tal vez una muñeca. Tal vez una promesa. Y solo entonces, las golondrinas alzaron el vuelo. Las amapolas bailaron al fin. El viento se volvía suave. Mi querida Mina.
Pero él… era el único que seguía ahí. Bau, me ve. Me reconoce sin decirlo. Me huele en los rieles calientes, en el metal oxidado, en el vómito seco de los adultos que se ríen demasiado. Me percibe en los silbidos del tren, en los dedos temblorosos de los borrachos que se acercan a los niños con caramelos y ojos torcidos. Él me enfrenta sin decirlo. Cada noche me reta:
—Hoy no. No a ellos. No te lo lleves todavía, déjalos un poco más.
Todos juntos, los que viven y los que no, bailan un poco bajo el cartel azul de Pepsi. Hay una melodía que suena solo para ellos, sacada de una caja de hojalata mágica, manivela oxidada y sonido chiquito como un hilo de campana. Es una música que solo los que están aquí pueden oír. Yo la conozco bien. Fue la última canción que escuchó el primer niño que se me durmió en los brazos sin querer. Y mientras giran y giran, mareados por el hambre, el vapor, el eco de lo que no entienden, él me susurra:
—Mientras me queden brazos, seguiré espantando el frío, el hambre, el miedo. Y si un día no me despierto, si una mañana no me levanto a contar los cuerpos porque tus brazos me llevaron, espero que alguien abrace a los demás por mí.
—A ti no te busco por olvido ni por castigo. Te miro de lejos, como se mira a los árboles que dan sombra sin pedir nada. Eres un niño que no sabes escribir… pero sí cuidar. Y eso, Bau, es lo único que yo no sé llevarme de este mundo.
Y los dejo. Los dejo bailar. Porque hay algo sagrado en los niños que aún creen que la muerte no existe si no se la mira. Como cada noche, Bau se sienta frente a la vieja caja de hojalata. Gira la manivela una y otra vez con cuidado, como si esa música pudiera mantener al mundo unos instantes más en la penumbra de la luna. Y mientras suena, observa a los otros danzar. Los cuenta. Los protege. Y mientras que no me miren… seguiré esperando hasta que el tren suene la última vez y nadie lo escuche, solo entonces, será el tren de los que aún sueñan.
NOTA FINAL
Este relato nace de una realidad que existe, aunque a menudo se mire hacia otro lado. En la estación de Kamalapur, en Dhaka (Bangladés), según UNICEF y Save the Children se calcula que entre 300 y 500 menores viven entre el ruido de los trenes, el abandono y la invisibilidad. Algunos nacieron allí. Otros fueron olvidados, huyeron o quedaron atrapados en el margen de todo. Muchos cuidan sin haber sido cuidados, protegen sin haber sido protegidos. Como Bau, como Shubo, como Karim, como Mina existen —aunque nadie los nombre—, esperando que alguien los vea. Aunque sea solo una vez.
Segundo Premio Modalidad C: Naima Mateo Tomillo, Entre dos pulsos.
La alarma del despertador emite un sonido estridente; lleva minutos sonando al compás de mi corazón. Abro los ojos; la luz del sol golpea sobre mis pálidos brazos y todo me parece demasiado nítido: los colores son muy vivos y soy capaz de sentir el aire que me rodea, casi soy capaz de verlo. Todavía no he dormido, pero no estoy cansado. Al contrario. El tiempo pasa demasiado rápido. Mi mente va muy rápido, y yo también. Pero por un momento, eso no me asusta.
Me levanto de la cama y voy directo al baño. El espejo frente a la ducha me devuelve la mirada expectante. Mis pupilas están tan dilatadas que puedo ver cómo la luz entra a través de ellas. No puedo reconocer esta versión de mí mismo, es como verme en tercera persona. Bajo la mirada al lavabo; y allí se encuentra la caja de pastillas, perfectamente cerrada. Lo pienso por un momento, pero hoy no es el día de abrirla. Vuelvo a mirarme al espejo, la sonrisa en mis labios es tan rígida que parece fingida, mis hombros se sacuden suavemente y el tiempo sigue corriendo demasiado rápido, constante, imparable.
A veces pienso que tal vez todo esto comenzó mucho antes, muchos años atrás. Cuando ni siquiera tenía la consciencia suficiente para entender qué es lo que me pasaba. Recuerdo que mi infancia estuvo marcada por el miedo, por los diagnósticos, por la reacción de mis padres cuando hacía algo malo. Los médicos no eran capaces de encontrar una respuesta a mi comportamiento, algunos mencionaron la depresión infantil, otros el TDAH, unos tan solo tomaban nota, otros me miraban a través de sus grandes gafas y suspiraban cabizbajos. Pero todos y cada uno de ellos se rendían conmigo. Ya no sabían qué más hacer.
Una semana me la pasaba corriendo por todos lados; llegaba a casa con heridas en las rodillas, con un parte de expulsión o un ojo morado por meterme en peleas en el colegio. Otras veces, no me sentía capaz de salir de la cama, ducharme o comer, simplemente estaba agotado y sin fuerzas para hacer vida normal.
El aula está llena, los murmullos se sienten como si una mosca volase alrededor de mi oreja, es un zumbido tan molesto que siento que la cabeza me va a estallar. La voz del profesor llega a mis oídos con lentitud, como si el tiempo y yo no estuviésemos en sintonía. Tomo apuntes demasiado rápido, ni siquiera soy capaz de acabar una oración cuando ya he comenzado otra. Las palabras a veces se atropellan entre sí. El bolígrafo es incapaz de seguir el ritmo de mi mente. Miro a mi alrededor. Mis compañeros parecen impasibles, como si nada sucediera, escriben con calma, ríen y hablan con la persona sentada a su lado. Yo no. Mi corazón sigue tan acelerado como esta mañana, aunque a mi cuerpo le está pasando factura las horas perdidas de sueño. La luz que se cuela por las ventanas llena el aula de colores tan vivos e intensos que me hacen sentir incómodo. Me digo a mí mismo que estoy bien. Yo siempre estoy bien.
Cuando el sonido agudo de los altavoces anuncia el fin de la clase, salgo tan rápido al pasillo que casi me llevo a gente por delante. El eco de mis zapatos resuena con fuerza detrás de mí. Me apoyo en una pared y cierro los ojos con fuerza. Por un segundo, todo se detiene y por fin encuentro algo de paz. Pero en el fondo sé que no es algo bueno, sé que si siento calma, se avecina lo peor.
Esta calma no es nueva, en cuanto aparece puedo reconocerla al instante. Es una calma artificial y mi cuerpo y mi mente la detectan sin esfuerzo. Ya estoy acostumbrado a ella. Ya la sentía cuando tenía once años y me encontraba sentado frente a un hombre con bata blanca y sonrisa de plástico. Era la primera vez que veía a aquel hombre, pero no la primera vez que iba al psicólogo. La consulta olía a limpio, a algún producto con olor cítrico, de ese que se te clava en las fosas nasales y con el paso del tiempo sigue ahí, estancado en tus vías respiratorias. Había una estantería llena de libros, cuyos nombres había leído unas cinco veces, pero que sabía que los olvidaría en cuanto saliera de la consulta. Estaba sentado en una silla, podía sentir su grandeza en comparación con mi diminuto cuerpo; no llegaba al suelo por lo que mis piernas se balanceaban con una libertad que no me poseía.
Me preguntó cómo estaba.
Bien. Siempre estoy bien.
Lo anotó en su libreta y un bufido salió de mis labios. Su mirada se levantó y se cruzó con la mía, alzó una ceja y siguió haciéndome preguntas. Me preguntó si me solía enfadar con frecuencia, si era capaz de prestar atención en clase, si dormía bien, si comía. Yo me limitaba a asentir o a negar con la cabeza. La voz de aquel hombre pasó a un segundo plano cuando mis ojos se encontraron con el reloj que había colgado en la pared. Cada segundo que pasaba mi piel se erizaba más y más, el ruido de las agujas marcando los minutos me ponían cada vez más nervioso. Tenía ganas de salir corriendo, de gritar y patalear hasta bloquear aquel sonido tan desagradable. Pero me obligué a quedarme quieto.
Mis padres estaban sentados detrás de mí y sentía sus miradas clavadas en mi espalda. Eso me hacía sentir rabia.
El psicólogo mencionó algunos términos que no fui capaz de comprender, dijo que eran etapas, que solo tenía que aprender a controlar mis emociones. Habló de tristeza, impulsividad. Quise gritarle, decirle que no era tan fácil, que un día me despertaba vacío y no le encontraba sentido a la vida, y otros días todo se me quedaba pequeño. Quería explicárselo y no encontré la forma de hacerlo. Así que no dije nada. Tan solo asentí y dije que me encontraba bien. Como siempre.
Nadie fue capaz de decir nada en el camino de vuelta a casa, mis manos se encontraban sobre mi regazo, tenía los nudillos blancos de apretar los puños. Porque si los médicos no sabían qué era lo que me pasaba es que no me había esforzado lo suficiente para parecer normal.
Cuando levanto la vista la luz ya no es blanca ni cegadora. Ha cambiado. Los pasillos están vacíos y la luz que entra por los grandes ventanales de la facultad es de un tono naranja tan intenso que parece que fuera todo está ardiendo. Pero sé que tan solo es producto de mi imaginación.
Miro la hora en mi móvil, es tarde. No sé en qué momento decidí saltarme las últimas clases, pero aquí estoy. El tiempo se me ha vuelto a escapar de entre las manos y ya no hay vuelta atrás. Nadie me ha buscado. Seguramente nadie haya notado mi ausencia y eso me reconforta, aunque no me tranquiliza.
Recojo la mochila del suelo y salgo del edificio. El cielo desprende un color casi irreal para la hora que es. Camino un par de minutos y llego justo a tiempo a la parada del bus, me subo a él, esquivando miradas, intentando no pensar demasiado. El balanceo y la música en mis auriculares me dejan un poco adormecido. La calma vuelve a instalarse en mi pecho, pesada, falsa. Pero me siento muy agotado mentalmente como para luchar contra ella, así que me dejo llevar.
Cuando llego a casa la única luz que ilumina las calles es la de las farolas. Las luces del salón están encendidas, dejo las llaves en el cuenco de la entrada sin hacer ruido. Estoy a punto de subir las escaleras cuando escucho su voz.
_¿Dónde estabas?
Me giro, mi hermana está apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados. No parece enfadada y eso es casi peor. Me mira con mucha atención como si estuviera buscando algo diferente en mí.
_En la uni- respondo.
La luz del pasillo le da de lleno, y entonces me doy cuenta de que sus ojos están fijos en los míos. Su ceño se frunce.
_¿Te has tomado algo?
La pregunta me pilla por sorpresa y me golpea más de lo que debería.
_No- digo rápido-. ¿Por qué?
Tarda en responder. Entonces suspira, ese suspiro que conozco tan bien, ese suspiro que se lo he escuchado a mis padres, a los médicos. Ese suspiro que viene antes del miedo, o peor, de la decepción.
_Tienes las pupilas enormes- dice esta vez, con cautela-. No es normal.
Siento como si algo dentro de mi interior se encendiera, la ira; la rabia, el miedo.
_Estás exagerando.
_No, no lo estoy- responde ella, ahora sí, enfadada-. Te conozco y cuando estás así…- se calla, sin saber cómo terminar la frase-. Cuando estás así, me preocupas.
_Pues no lo hagas- digo, más alto de lo que esperaba-. Estoy bien.
Mi hermana niega con la cabeza y la baja, separándose de mí. Como quien se mete en una calle sin salida y debe retroceder.
_Eso dices siempre.
_Déjame en paz- murmuro, antes de apartarla con el brazo y comenzar a subir las escaleras.
No miro atrás. No quiero ver en sus ojos lo que llevo negando muchos días, no quiero ver reflejado en los ojos de mi hermana a un enfermo.
Me encierro en mi habitación y me dejo caer en la cama y el cansancio me golpea de golpe. Esta vez es distinto, la manía se ha convertido en otra cosa, ahora pesa, ahora todo es silencio. La cabeza me duele, los párpados me pesan y cada respiración se convierte en una batalla perdida.
No sé cuánto tiempo llevo tumbado en la cama, no sé cuántos días han sido, cuántas horas llevo encerrado entre estas cuatro paredes, ignorando que el mundo sigue girando a mi alrededor.
Recuerdo la primera vez que me pasó. Tenía trece años, llevaba semanas sin dormir. Me sentía imparable, vivo. A veces ponía en riesgo mi vida. Cruzaba la carretera sin parar, jugaba al borde de la azotea, sin pensar en ningún instante en el valor que tenía mi vida. Mis padres me decían que parecía feliz. Y yo también lo pensaba. Pero un día me desperté y fui incapaz de levantarme de la cama. Todo lo que antes era euforia, ahora se había convertido en lo contrario. Mis pensamientos ya no eran erráticos, ahora eran grises, lentos, feos. Nadie entendía qué estaba pasando, y yo tampoco.
Cuando era más pequeño, había tenido días malos, como cualquier otro niño que se enfadaba con el mundo y dejaba de hablar, pero esta vez era diferente, la tristeza era profunda y mi mente un pozo sin fondo en el que cada vez caía más y más rápido.
Vuelvo al presente, mis manos temblorosas y frías me recuerdan que sigo vivo, que sigo aquí, que debo seguir adelante. Intento levantarme, pero el cuerpo me pesa demasiado, y como si fuera una broma del destino, mi caja de pastillas se encuentra encima de la mesilla. Recordándome que esto no es un capricho. Esto es real y ya he vivido demasiado tiempo intentando ignorar quién soy.
A estas alturas, te estarás preguntando cuál es mi nombre. Nunca lo he dicho. No porque no lo tenga. Sino porque hace mucho tiempo que dejó de importarme. Porque cuando tienes un trastorno, muchas veces las personas dejan de verte como un humano, simplemente te conviertes en un enfermo más.
A los dieciséis años, alguien por fin pronunció las palabras que me encadenan a mi realidad, a mi destino, incluso cuando quiero escapar de ello: trastorno bipolar de ciclo rápido, y además de inicio temprano, lo que hace que mis síntomas sean mucho más intensos. Como si un nombre pudiese arreglar lo que lleva años rompiéndose dentro de mí.
Soy dos pulsos. Y vivo entre ellos. Uno acelera tanto mi corazón que amenaza con salirse de mi pecho, mientras que el otro es tan lento que a veces siento que es el último, que el siguiente no va a llegar nunca. Uno me hace sentir eufórico, el otro me hunde. Y es ahí, entre ambos pulsos donde mi mente aprende a adaptarse, a sobrevivir.
Nunca he dicho mi nombre porque no soy solo “yo”, podría ser cualquiera. Podría ser esa niña que vive luchando entre la vida y la muerte. O ese chico que vive entre la velocidad y el vacío.
Quizá por eso nunca he dicho mi nombre, porque esta historia no es solo mía. Esta historia le pertenece a todo aquel que sufre el mismo trastorno que yo. Porque podría ser cualquiera.
“Entre dos pulsos”. Ahí es donde vivo.
Ni perdido, ni solo.
Ni muy alto ni muy bajo.
Ni triste ni contento.
Simplemente intento aprender a quedarme.
Primer Premio Modalidad D: Mª Mar Trujillo González, La luz que nunca se apagó.
No recuerdo bien en qué día estaba pero sabía que no estábamos de vacaciones porque mis amigas estaban en la escuela. Yo regresaba de la casa de mi tía, donde me llevaron para pasar unos días.
Al abrir la puerta de mi casa vi que las cortinas marrones estaban echadas. La televisión estaba apagada. El salón estaba en penumbra a plena tarde en el mes de Mayo. No olvidaré cómo encontré a mi hermana mayor y a mi padre. Esa escena quedaría grabada en mi memoria para siempre.
Vi a mi hermana vestida de negro y a su derecha se encontraba mi padre, que también estaba vestido de negro, permanecían sentados mirando al suelo. Nadie habló cuando entré.
– ¿Mamá?- pregunté.
Mi voz fue ignorada, no recibí respuesta.
Asustada corrí por el pasillo. Abrí la puerta del dormitorio de mis padres de un portazo.
Me encontré la cama hecha, demasiado hecha. Las sábanas estiradas, olían a ella. La almohada colocada con cuidado aún advertía fragantes notas de su perfume. Pero ella no estaba, ni su vaso de agua medio lleno. No encontraba ni su bata ni sus zapatillas de estar por casa.
Me quedé quieta mirando aquel vacío, tanto material como emocional. Fue ahí cuando entendí que algunas ausencias hacen ruido en el alma, y lo cambian todo. En un momento descubres que nada puede darse por sentado. Yo no sabía que el mundo podía existir sin mi madre; para mí era tan imposible como un cielo sin estrellas. Pero ese día comprendí que en un instante la vida puede cambiar para siempre.
Cumplí ocho años cuando mi madre murió de cáncer de mama. Hoy en día esta terrible enfermedad no es tan mortal como en entonces. Pero en aquel momento era una palabra aterradora. No recuerdo exactamente las palabras que usaron los adultos. Pero recuerdo el silencio y la sensación de frío. Recuerdo que, de pronto, mi casa dejó de parecer mi casa. Sin risas, sin esos olores a bizcocho recién hecho.
Mi madre era una excelente cocinera y una magnífica repostera. Mi madre era el alma de mi casa y de mi familia.
Mi padre empezó a estar presente físicamente sin estar presente, como una presencia excorpórea. Se sentaba en el sofá mirando la televisión apagada durante horas. Con una mirada perdida y vacía que aún hoy me hiela el alma. Seguramente transitando por el recuerdo de tiempos mejores en lo más profundo de sus pensamientos que poco a poco le llevaban de vuelta a la dura realidad. La soledad de su compañera ausente, de su confidente, de su mundo nos cambió la vida a todos. Aprendí entonces a no hacer demasiadas preguntas.
Ahora me doy cuenta que mi hermana no solo perdió a nuestra madre; perdió el derecho a ser hija. La ausencia le provocó un vacío que nadie supo ver. No tuvo tiempo para llorar como necesitaba, para gritar y preguntarse, “¿por qué?”. Tuvo que reaccionar y ponerse al frente de una casa donde siempre se esperó que las mujeres sostuvieran el peso de la misma. Ella tuvo que hacerse fuerte y crecer de la noche a la mañana, sin titubear y tirar de todos nosotros.
Meses después llegó enero, que para un niño es el mes que alberga la mayor ilusión del año. Me acosté pronto y con mucha ilusión. Deseando que llegara la mañana.
Me desperté esa mañana del 6 de enero de 1988. Corrí al salón buscando los regalos de los Reyes Magos con gran ilusión pero no encontré nada. El salón estaba como siempre, sin nada especial, sin regalos.
Mi hermana se levantó de un salto al escucharme. Se llevó la mano a la cabeza cuando se dio cuenta que no había ningún regalo. Mi padre no se acordó tampoco, era una de las cosas de las que se encargaba mi madre. En ese preciso momento me dí cuenta que los Reyes Magos no existían. Y también que desde hacía tiempo ya nada era como antes.
Desde ese preciso instante dejé de esperar nada de nadie. Crecí deprisa y aprendí rápido que los corazones rotos no se curan, que se pueden remendar y que cuando esto sucede se vuelven más fuertes y pueden con todo.
Mi primer encuentro verdadero con la lectura no fue por casualidad, fue por salvación. En verano, en uno de esos largos, silenciosos y tediosos, en los que el calor parecía aplastar los pensamientos, una vecina me dejó un libro: Momo. No sabía que aquellas páginas podían abrirme una puerta a un mundo desconocido y a la vez tan familiar.
Desde la primera línea me sentí comprendida. Momo escuchaba a los demás de una manera que nadie me escuchaba a mí. En su mundo encontré algo que había perdido: tiempo, calma y sentido. Ese verano entendí que los libros podían abrazar cuando nadie más lo hacía.
Pasarón los años, pero no muchos. Y mi hermana creyó que casarse sería una forma de escapar. Pensó que el amor podía ser un refugio. Que formar su propia familia la liberaría del peso que llevaba sobre sus hombros desde hacía un lustro. Entonces se casó, pero no se fue, se quedó viviendo en casa.
El marido de mi hermana al principio parecía que nos brindaba ayuda. En teoría venía a aportar estabilidad a mi hermana, pero la estabilidad se transformó pronto en otra cosa.No lo vimos venir.
Mi padre dejó de hacer el papel de padre y pasó a un segundo plano. El espacio que él había dejado vacío lo ocupó el marido de mi hermana. Y lo ocupó de la forma más mezquina y ruin posible.
No fue un cambio rápido, ni brusco, fue lento, progresivo, y quizás planeado. Primero comenzó dando opiniones de todo y después órdenes disfrazadas de consejos. Posteriormente derivó en decisiones tomadas sin preguntar a nadie. Decidía horarios de llegada y salida. Empezó a gestionar los gastos de la casa, y a levantar la voz cuando algo no le gustaba, recordándonos que ahora era él quien mandaba, de una forma directa o indirecta,el era la figura de autoridad de la casa.
Mi padre, que ya vivía a medias, empezó a desaparecer del todo. Cedió su lugar sin ningún tipo de oposición. Lo que más me impactó, y fue muy inquietante, no era lo que hacía, sino lo que no hacíamos o dejábamos de hacer los demás. La casa no volvió a estar a oscuras como el día que murió mi madre pero la luz dejó de resplandecer para dar paso a la oscuridad, la confusión y el descontento. Con los años pudimos ver que el tiempo, todo lo ordena aunque no siempre de forma evidente, comenzó a volver cada pieza a su sitio.
Algunas veces pienso que fue un desgaste lento. Una distancia que crecía en silencio. Hasta que un día, su presencia dejó de formar parte en nuestras vidas. Se alejó de nosotros y por primera vez en mucho tiempo, volvimos a sentir esa tranquilidad y volvió la luz y la alegría pero no lo quieres recordar. Fue entonces cuando me pude entregar por completo a mis libros.
Si antes habían sido refugio, ahora se convirtieron en brújula. Me sumergía en las historias y las vivía con una gran intensidad que parecía que eran reales. Cada
novela era una posibilidad distinta de ser, de entender, de existir. En esos mundos nadie me pedía permiso para soñar. Nadie decidía nada por mí.
Y, sin darme cuenta , mientras leía vidas ajenas, empecé a reconstruir la mía. Pero la vida volvió a jugármela y tuve que dejar los estudios antes de tiempo. El dinero hacía falta y tuve que trabajar a tiempo completo. Guardé el sueño de poder terminar mis estudios con la esperanza de poder retomarlos en algún momento de mi vida, y no por imposición, sino por satisfacción personal y demostrarme a mí misma de lo que soy capaz.
Pasarón más de veinte años. Veinte años trabajando, siendo fuerte porque no sabía ser de otra forma, pero veinte años soñando con el momento de poder retomar los estudios. Hasta que un día, gracias al apoyo de mi familia, pude matricularme y empezar a llevar a cabo mi postergado sueño.
El primer día observé a mis compañeros entrar con carpetas debajo del brazo, hablando de exámenes, de proyectos y de futuro. Y volví a sentir algo que creía apagado, y no era nostalgia, era deseo de continuar aprendiendo, de retomar mi vida desde donde la dejé aparcada.
Y entonces recordé aquel verano y a aquella niña sentada en un baúl viejo que estaba leyendo Momo. Y recordé como aquella historia me enseñó que el tiempo no solo se pierde; también se puede recuperar. Entendí que yo había dejado que la vida decidiera por mí durante demasiado tiempo. Y ahora me tocaba a mí.
¿Y por qué?, porque fue un acto de fidelidad a la niña que corrió por aquel pasillo oscuro buscando a su madre. Por aquella adolescente que se sintió sola y por la joven que una noche pensó en rendirse y decidió quedarse para luchar. Estudiar de adulta fue más difícil de lo que imaginaba. El cansancio pesaba distinto; las dudas eran más frecuentes; y las responsabilidades, más grandes. Empero también había algo nuevo: elección. Esta vez no estudiaba por obligación, lo hacía por libre elección, lo hacía por mí, por ser una mejor versión de mí misma. Comprendí después de todo que la vida no se mide por lo que te quitan, sino por lo que decides reconstruir. Que ser fiel a una misma es la forma más profunda y verdadera de resistencia que podemos demostrarnos.
Perdí a mi madre, sí.
Perdí mi infancia antes de tiempo, sí.
Perdí años que no volverán, por supuesto.
Pero recuperé algo más importante: mi propia voz.
Y hoy sé que aquella niña que pasó por tanto no estaba destinada a quedarse en la oscuridad. Al contrario, sin saberlo, estaba aprendiendo a brillar con su propia luz porque, al final, nadie tiene más poder sobre tu propia historia que tú misma.
Segundo Premio Modalidad D: Sandra Balbuena González, En otra vida.
Desde la desaparición de su padre dejó de ser la misma. Con el paso de los años aprendió a convivir con el dolor, no un dolor cualquiera, sino uno hondo y persistente, que la sumía en una oscuridad interminable: un dolor nacido del abandono. O al menos eso cree.
Marta conducía en silencio por la carretera secundaria que llevaba a su antigua casa. A su lado, su marido la observaba de reojo, sin atreverse a romper del todo el muro invisible que ella misma había construido. En el asiento trasero, su hija dormía con la cabeza ladeada, ajena al motivo real de aquel viaje. Regresaban para terminar de recoger las últimas pertenencias de su madre, fallecida hacía apenas unos días.
—Cariño, ¿prefieres que vaya yo y…? —empezó él con voz suave, dejando la frase suspendida en el aire, como si temiera completarla.
Marta tardó unos segundos en reaccionar. Estaba lejos, atrapada en pensamientos que no quería compartir. Parpadeó, volvió a la carretera y respondió con un tono más frío de lo que pretendía.
—No. Está bien.
Su mirada se desplazó al espejo retrovisor. Observó a su hija dormida, pequeña y frágil, respirando con calma. Después miró a su marido, que aún aguardaba una señal.
—Será rápido —añadió, casi para convencerse a sí misma. Pero sabía que no lo sería. Porque no se trataba solo de recoger cajas, sino de despedirse, una vez más, de todo lo que esa casa había significado.
Sin despegar la mirada del volante, estaciona justo frente a la casa. Permanece inmóvil unos segundos, con las manos aún apoyadas sobre el cuero, dejando que el motor se apague y el silencio lo invada todo. Toma aire, sale del coche y, al incorporarse, sus ojos contemplan lo que un día fue el escenario de su infancia. La casa se alza ante ella, intacta, desgastada por los años. Cada detalle que observaba despertaba en ella sus recuerdos más profundos: todos los momentos compartidos junto a su padre.
Antes de entrar, se gira un instante y observa a su marido, abstraído, entretenido con el móvil dentro del coche. La escena cotidiana le arranca una sonrisa suave, casi agradecida. Después vuelve la vista al frente y, con una mezcla de nostalgia y determinación, continúa su camino hacia el interior del domicilio. Sin pensarlo dos veces, camina directa hacia el dormitorio, ajena a su alrededor. No estaba dispuesta a dejar que los recuerdos dolorosos la alcanzaran de nuevo.
Quedó sorprendida al cruzar la puerta y contemplar el caos que desataba en el interior. No era la primera vez que lo veía. La habitación transmitía una sensación de cansancio, como si acabara de sobrevivir a una tormenta que nadie más podía ver; sobre la cama, las sábanas arrugadas se mezclaban con montañas de ropa, algunas dobladas con prisa; en el suelo, algunos papeles y facturas se extendían alrededor de la mesilla; sobre la cómoda, un vaso de agua sostenía varias pastillas a medio disolver; junto a él, un paquete de galletas abierto, olvidado, dejando ver algunas piezas mordidas… Pero algo en particular llamó la atención de Marta. La lámpara de la mesilla que su madre olvidó apagar, aún se proyectaba sobre un único objeto. Al acercarse, se percataba de un archivador. No necesitaba abrirlo. Sabía demasiado bien lo que guardaba: cartas oficiales, notificadas por la policía. Papeles fríos que documentaban la desaparición de su padre. Años y años de búsqueda reducidos a tinta y sellos administrativos en vano. Jamás lograron encontrarlo.
Aún recuerda aquel momento que cambió su vida para siempre: el día en que desapareció su padre. Había comenzado como cualquier otro, sin presagios ni señales. Por entonces, Marta iba al colegio; regresaba a casa, comía con su familia, se encerraba en su habitación para hacer los deberes y, siempre que terminaba, salía disparada en busca de su padre para jugar junto a él. Una rutina imprescindible que daba sentido a sus tardes, pero no duró mucho. No después de aquella llamada.
—¿Quién es, papá?
Pero el padre no contestó. Se hizo un breve silencio.
—¿Papá?—insistió la niña, con un hilo de inquietud en la voz.
Tardó varios segundos en reaccionar, como si el tiempo se hubiese detenido. De pronto, cruzó rápidamente el pasillo y se dirigió a la puerta de entrada. Marta lo observaba sin entender. Antes de salir, se detuvo un instante y, sin siquiera girarse para mirarla, dice unas últimas palabras.
—Espera a que venga mamá.—añade, apenas lo suficiente para que su voz alcanzara el interior de la casa.
La puerta se cerró con un crujido seco. Aquellas palabras quedaron suspendidas en el aire,
repitiéndose en eco contra los pensamientos de Marta. Al anochecer, su madre la encontró dormida sobre la mesa del salón, vencida por el cansancio y por una espera que se le hizo eterna. A su lado, yacía un tablero de ajedrez; las piezas, congeladas en plena partida, parecían esperar un próximo movimiento que jamás nadie llegó a completar.
El punzante recuerdo se aferraba a Marta mientras reorganizaba la habitación de mamá. Debía de aguantar, no podía derrumbarse ahora. Todavía no. Al terminar y avanzar de nuevo por aquel pasillo, su mirada se deslizó casi por inercia hacia la habitación de su padre. Pero esta vez no pasó de largo. Se detuvo unos segundos al darse cuenta que la puerta estaba completamente abierta. No recordaba si la última vez estaba cerrada. Dudaba en entrar, pero finalmente lo hizo. La habitación, a diferencia de su madre, conservaba el orden habitual de siempre. Sobre el escritorio aún permanecía la tesis que su padre llevaba años trabajando; lápices y calculadoras se mezclaban con cuadernos abiertos, cuyas páginas estaban cubiertas de fórmulas garabateadas. Los números y las ecuaciones parecían reinar en aquel espacio frío y rígido.
Entre ellos existían dos mundos completamente opuestos; para Marta no eran más que vagas indeterminaciones, sombras abstractas que flotaban sin forma ni sentido, imposibles de atrapar, como los fragmentos de un mundo que nunca podría comprender por completo. Ella prefería dejar que sus emociones hablasen por sí mismas, exponiéndolos a través de un lienzo o un papel, sin depender de la lógica ni el frío razonamiento.
Al poco rato de quedarse ensimismada frente a aquellas ecuaciones que desafiaban sus conocimientos, Marta percibió algo fuera de lugar: a apenas unos centímetros de ella, sobre el suelo, yacía un sobre blanco en medio de la habitación. Mira alrededor, nerviosa, como si temiera ser observada.
—Vale, ya podéis salir.—dijo, esperando impaciente la reacción de su marido y su hija.—No tiene gracia.
En ese instante, el sonido seco de una notificación rompió el silencio. Da un pequeño respingo y saca rápidamente el teléfono. Abre el chat. Es su marido, quién le ha enviado una foto: su hija aparecía en la pantalla con un helado en la mano, sonriendo abiertamente a la cámara. Justo debajo aparece un texto: Te esperamos en la heladería de la esquina. Te quiero.
No entiende qué está pasando. El desconcierto le oprime el pecho. Apaga el móvil con un gesto brusco y se gira lentamente hacia el sobre. Permanece unos segundos mirándolo, inmóvil, dejando que el silencio se espese a su alrededor. Finalmente, conteniendo la respiración, se agacha con cautela y lo toma entre las manos. Sus nervios se intensifican al descubrir su nombre en el sobre. Pero no es eso lo que la paraliza, sino la letra. La conoce demasiado bien. Por un momento, deseó que todo fuera una broma pesada.
Lo abre con torpeza y extrae temblorosamente el contenido de este: una fotografía y una carta doblada con precisión. Sostuvo la fotografía entre los dedos, notando cómo el pulso le traicionaba. Durante un segundo dudó en mirarla, como si intuyera que, al hacerlo, algo dentro de ella terminaría de romperse. Bajó la vista. El aire se le quedó atrapado en los pulmones. Su padre estaba ahí, un poco más viejo de lo que lo recordaba, sonriendo con tristeza. Pero no estaba solo, a su lado había una mujer. Marta frunció el ceño. No la reconocía.
Tenía el cabello descuidado, más apagado, el rostro cansado, surcado por sombras que parecían años de desgaste. Vestía de forma sencilla, sin intención de agradar a nadie, la ropa le caía holgada, como si no encontrara dónde apoyarse en su cuerpo. Su delgadez era extrema, inquietante. Los huesos le marcaban la silueta con crudeza: clavículas afiladas, muñecas frágiles como ramas secas, mejillas hundidas que acentuaban aún más el tamaño de sus ojos. Había en ella una fragilidad casi transparente, cómo si la melancolía reinara en ella. Había algo en su postura, en la expresión familiar en que miraba a la cámara, que le resultaba inquietantemente cercano. Sintió un escalofrío lento, profundo. No sabía quién era aquella mujer, pero había algo insoportable en ella. La forma de los pómulos. La línea de la mandíbula. La curva casi idéntica de las cejas. Era como mirarse en un espejo deformado por el tiempo y la derrota. Retrocedió un paso. No podía ser.
Su mente intentó encontrar una explicación lógica —una prima lejana, un parecido casual, una mala iluminación…—pero el miedo empezaba a imponerse sobre cualquier razonamiento. Aquella desconocida tenía su mismo rostro… solo que marchito. Como si la vida la hubiera atravesado sin piedad. Y su padre la abrazaba con una cercanía que no dejaba espacio para dudas. Su cabeza no piensa con claridad, está desorientada.
La imagen resbaló de sus manos y cayó al suelo con un sonido leve, casi insignificante. Aun así, el golpe retumbó en su cabeza como un disparo. Marta apenas la miró mientras quedaba boca arriba sobre el suelo; el rostro de su padre observándola desde el ángulo torcido en el que había quedado. No podía seguir mirando aquella imagen. No todavía.
Con la respiración entrecortada, llevó la vista hacia la carta. Dudó de nuevo unos segundos. Desliza el dedo por el pliegue y la abre con cuidado. Finalmente abierta, procede a leer entre susurros:
Hija mía,
Si estás leyendo esto, significa que has encontrado algo que durante años no supe cómo
explicarte. No desaparecí por cobardía. Dejé de existir.
La mujer que aparece conmigo en la fotografía… no es una desconocida. Eres tú. O, mejor dicho, una versión de ti que existió en otro camino, en otra vida posible. Una Marta que tomó decisiones distintas, que se dejó arrastrar por la oscuridad hasta un punto sin retorno.
Ella se quitó la vida. Y ese acto, hija mía, lo cambió todo.
Tu muerte generó en mí un vacío inimaginable y, gracias e eso, comprendí que podía salvarte. Sé que suena imposible, pero no lo es. Yo mismo tardé en aceptarlo. Después de muchos años de estudio y esfuerzo, descubrí que el mundo es más extraño de lo que creemos. Hay alteraciones que pueden cambiarse.
Aquella llamada no era más que yo mismo, pero de otro tiempo alternativo. Un yo del futuro. Pude ver, hija mía, que a través de todas las vidas posibles, de cada bifurcación que la existencia podía ofrecerme, de cada decisión que tomé o dejé de tomar… había un patrón inmutable. Después de innumerables intentos, de caminos que terminaban en callejones sin salida, comprendí algo que ningún manual, ninguna razón ni cálculo podía anticipar: desaparecer. No hubo otra salida que permitiera salvarte sin romper el equilibrio, sin que tu luz se apagara antes de tiempo. Cada gesto, cada paso que di en aquel otro mundo, cada elección que parecía trivial… llevaba consigo consecuencias que no podía ignorar. Y entendí que mi ausencia, mi sacrificio, era el precio que debía pagar para asegurarte un futuro. El precio de darte la vida.
Y no me importaba. No sentí miedo ni arrepentimiento. Sólo la certeza de que, cada renuncia, en cada uno de todos los tiempos, estaba justificada por el brillo que podía verte conservar. Aunque mis ojos no puedan encontrarte ahora, sé la vida que has vivido, lo que has tocado y dejado atrás. Y sé que leerás esto. Porque aunque parezca que no existo, realmente estoy viviendo otra vez lo ocurrido. Como si fuera un ciclo.
Perdóname por el dolor que causé con mi ausencia. Pero necesitaba que me odiaras antes de que aprendieras a odiarte a ti misma.
Adiós hija mía, estoy seguro de qué… de una forma u otra, el tiempo nos volverá a juntar, Papá.
Entonces, de manera inesperada, sintió un calor familiar envolviéndola por detrás. Observó a su hija que, con una sonrisa tímida, la abrazaba con fuerza.
—¡Bú!—gritó la niña, riéndose a carcajadas. Pero al notar algo distinto, su expresión cambió. — Mami, ¿por qué lloras?
Desde la puerta, su marido observaba la escena. Al ver las lágrimas recorrer el rostro de Marta, se acerca con preocupación.
—Cielo, ¿estás bien?, ¿te ocurre algo?— insiste, intentando comprender aquella expresión.
Marta no pudo aguantar más. Finalmente cayó derrumbada ante ellos. Las lágrimas seguían resbalando por su mejilla, sin contención, profundas, como si no fueran sólo de ese momento sino de todos los años guardados. Se llevó una mano al pecho, intentando respirar entre sollozos que le sacudían el cuerpo. Su marido llegó hasta ellas y las envolvió a ambas con los brazos, sin hacer más preguntas, sosteniéndola mientras ella temblaba.
—Está bien… estoy aquí… —susurró él, aunque no entendiera del todo qué estaba pasando.
La niña la miraba con los ojos muy abiertos, confundida, y le acariciaba el brazo con su manita pequeña, como si quisiera reparar algo invisible. Mientras tanto, Marta bajó la vista. La fotografía ya no estaba. Parpadeó, aturdida. Buscó con la mirada por los alrededores; entre los papeles, bajo la mesa, en el suelo… Nada. El lugar donde había estado era ahora un espacio desnudo, intacto, como si jamás hubiera existido. El corazón le dio un vuelco. Con manos todavía temblorosas, miró la carta que seguía sosteniendo. Las palabras que había leído, ya no estaban. El papel estaba en blanco. Nada más.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Miró a su hija de nuevo. Y al fin comprendió: decidió retirarse justo después de cumplir su propósito. Tal vez no estaba en todas partes. Lo que sí sabía es que estaba cumpliendo el mismo propósito, en otra vida.
Departamento de Lengua castellana y Literatura.


