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En el primer artículo tratamos al Omar Jayyam matemático (además de astrónomo, médico e incluso musicólogo). Ahora toca referirnos a su labor como poeta, que es por lo que ha sido más conocido. Fue un poeta maldito (Andrés Calamaro dixit) en la Persia dominada por la pureza doctrinal, siendo leído por la sociedad culta de forma clandestina. Su gran obra poética Rubbayat fue censurada y no apareció publicada (en manuscrito) hasta tres siglos después en Shiraz, la ciudad persa de los, tan queridos por el autor, jardines. En 1836, vio a la luz su primera edición impresa en Calcuta. En 1859 se tradujo al inglés, lo que provocó un impacto brutal en los literatos victorianos (como Oscar Wilde) e influyó en la literatura decadentista de final de siglo XIX. Ha influido en muchos autores como el portugués Fernando Pessoa y especialmente el británico T.S. Eliot (Cuatro cuartetos, 1942).

Los Rubaiyat es el plural de “rubai”, que podría traducirse por “cuarteto”. Esta composición poética, similar a los “haikus” japoneses, consiste en cuatro versos partidos por la mitad, rimando el primero, segundo y cuarto, quedando libre el tercero. Es en el último medio verso cuando el tema del poema alcanza su cenit. Su aparente sencillez encubre una elaborada arquitectura poética que busca la ilusión de espontaneidad, lo que hacía que fueran también cantados.

Su temática puede asimilarse al tópico de la literatura occidental del “carpe diem”, del disfrute del momento ante la fugacidad de la vida. Las imágenes que lo ilustran son el vino, las flores y los pájaros. Sorprende que se celebre el vino, e incluso la ebriedad, ya que el poeta vivía en la Persia musulmana. A este respecto, es interesante señalar que Jayyam huye del dogmatismo religioso, haciendo gala de una libertad de conciencia que no nos puede dejar de sorprender. En este sentido, recuerda a otro gran literato de origen musulmán: Salman Rushdie. Y es que hay un vínculo entre ambos autores. Rushdie demostró su querencia por el poeta persa cuando utilizó su nombre para el protagonista de su novela Vergüenza (1983). Sus trayectorias han sido inversas: Jayyam pasó de la clandestinidad a la fama; Rushdie de la fama a la cuasi clandestinidad tras la publicación de su obra Los versos satánicos (1988). La publicación de esta obra le costaría una “fatua” (decreto) por blasfemia del ayatolá de la República islámica de Irán, Jomeini, que suponía en la práctica una sentencia de muerte. Omar Jayyam, con sus versos, estuvo en los aledaños de la situación de Rushdie  pero corrió distinta suerte por la ocultación de sus escritos.

Imagen creada por IA

Sus versos al hablarnos de la fugacidad de la vida, de la sola existencia del instante, del momento, nos lleva a una concepción del tiempo histórico propio de los griegos (a los que tanto estudió). Esta concepción entiende la historia como un círculo que se repite de forma eterna a lo largo de los siglos. Todo es presente, no existe ni futuro ni pasado, y por tanto no se concibe el progreso. T.S. Eliot recogió esta herencia en sus famosos versos de la obra anteriormente cita:

“Tiempo presente y tiempo pasado

se hallan quizá presentes en el tiempo futuro

y el tiempo futuro dentro del tiempo pasado.

Si todo tiempo es eternamente presente

todo tiempo es irredimible.”

Omar Jayyam parte de una aparente austeridad, no buscando el efecto emocional inmediato (como es propio de nuestros días), sino que nos lleva a la reflexión pausada sobre lo verdadero, lo bello y lo bueno.

A continuación veamos distintos “rubai”, como ejemplos de todo lo dicho anteriormente.

En la rueda del universo es invisible el fin.

Hay un cáliz que siguiendo la rueda a todos sirve.

Cuando te llegue el turno no te lamentes,

bebe gozoso, que la rueda amengua.”

——

“Ha llegado el alba, levántate, hermosa,

recreándote toca el arpa y bebe vino,

que durarán poco los que están aquí

y los que se fueron, pasaron al olvido.”

—–

“Pasó el ayer, no guardes de él recuerdo.

por el mañana que no ha llegado no estés inquieto.

no te apoyes en lo no sucedido ni en lo que fue:

sé alegre, que no se lleve tu vida el viento”.

—–

“¡Oh corazón!, no te entristezcas por este mundo viejo,

no eres vano y en vano no te cargues de pena.

lo que existía pasó y lo que no existe es invisible.

sé alegre, no te aflija lo que existe ni lo que no existe”.

—–

 “Ayer vi a un alfarero en el bazar

Pisoteando una pieza de barro

y aquel barro a su modo decía:

como tú he sido, actúa con cuidado.”

—–

“Cuando en el universo la flor nueva se canta,

¡oh ídolo!, ordena que sirvan vino en abundancia.

De huríes y palacios, cielo e infierno, olvídate,

que aunque se hable de ello son meras palabras”

—–

“Dicen algunos que el paraíso con la hurí es gozoso,

yo digo que el mosto de uva es gozoso.

Toma éste en efectivo y de deja aquél en plazos prometido,

que oír el sonido del timbal de lejos es gozoso.”

—–

“Dicen que habrá un paraíso más allá,

y en él habrá vino, leche, miel y huríes.

¿Qué importa si elegimos amantes y vino,

si, acabados los duelos, habrá esto mismo?”

—–

“Se libre de incredulidad y de fe es mi religión…

Beber vino y estar alegre es mi modo.

Dije al universo, ¡oh novia!, ¿cuál es tu regalo de prometida?

Dijo: mi regalo de prometida es tu corazón gozoso”

CODA FINAL

«Quiso cantar, cantar
para olvidar
su vida verdadera de mentiras
y recordar
su mentirosa vida de verdades

Octavio Paz («Epitafio de un poeta»)

Pablo Romero Gabella

Prof. Geografía e Hisoria

IES Cristóbal de Monroy


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