En este inicio de año Irán (la antigua Persia) ha estado de actualidad, mitad triste y mitad esperanzadora, demostrando la importancia de un país con una historia y cultura impresionantes. Por ejemplo, el ajedrez se lo debemos a los persas que, a través de los árabes, nos lo hicieron llegar a Europa y al mundo entero. La rica y milenaria cultura persa mantiene su sustrato en una población urbana y joven pujante. Dentro de este legado ocupa un lugar fundamental el poeta y científico Omar Jayyam (1048-1132), autor de unos libros de poesía más conocidos: Rubayat.

Omar ibn Ebrahim Jayyam nació en la provincia persa de Jorasán en una familia de artesanos. Desde pequeño demostró un gran interés por el conocimiento, en el sentido lo más amplio de la palabra. Estudió literatura, árabe, filosofía, mística, astronomía y matemáticas (con el maestro Abulhassan Anvarí). Pronto se le quedaría estrecha su geografía más inmediata y tras descubrir la filosofía aristotélica, a través del famoso sabio Avicena, viajó a Samarcanda. En aquella ciudad, asociada a la fantasía de “las mil y unas noches”, amplió sus estudios matemáticos. Investigó la obra del matemático griego Apolonio de Pérgamo y escribió un libro fundamental: Resala dar Djabr (Tratado de álgebra). Más adelante se trasladaría a la gran ciudad de Ispahan y se convertiría en astrónomo del sultán Malekshah, reformando el calendario persa. Además estando en la corte, curaría de una grave enfermedad a otro sultán.
Jayyam también se dedicó a la enseñanza, sobre todo de “todas las ciencias griegas”, aunque, al parecer, era un profesor parco en palabras y no muy simpático para sus alumnos (“nadie es perfecto”, Billy Wilder dixit). Su obra científica es extensísima y sus primeras ediciones se encuentran en las bibliotecas de las principales universidades occidentales como el caso de Oxford. Su obra es un puente entre la cultura oriental y la occidental a través de la ciencia y filosofía griegas. Ejemplo de ello son sus tratados sobre los más diversos temas: desde los teoremas matemáticos de Euclides hasta la medicina, pasando por la filosofía, astronomía e incluso la música. En este último aspecto, es considerado como uno de los principales musicólogos de su tiempo con su obra Descripción de los problemas de la música.
Jayyam fue una persona reservada que no hacía ostentación de sus inmensos saberes. Sin embargo, lo más definitorio fue su insobornable apuesta por la libertad. Esto hoy en día nos puede parecer de lo más obvio, pero no lo era así para la Persia del siglo XI, cuando gobernaban los sultanes turcos selyúcidas. Jayyam vivió un periodo de fanatismo marcado por el enfrentamiento de dos conceptos antagónicos: la cruzada y la yihad. Corrían los tiempos de la Primera Cruzada (1096-1099). Nuestro autor fue acusado de ateo, materialista y hereje y solo la cercanía al poder del sultán (como Sherezade ) lo salvaría de males mayores. Murió con 84 años, una edad muy avanzada para su época, y pidió que se le enterrara tal como había vivido, con sencillez.
Jayyam, como hemos visto, tuvo una vida ( y muerte) aparentemente sencilla pero no es de todo así. Su legado es muy importante para nosotros, vivientes del siglo XXI. Muchos de nosotros no somos conscientes de que Jayyam nos ha acompañado en gran parte de nuestra etapa escolar. Su aportación en el campo del álgebra es fundamental ya que fue el que «popularizó» el termino «shay», que daba nombre a la incógnita de nuestras ecuaciones. Jayyam recogió este término que ya existía desde un siglo IX en los tratadistas árabes de álgebra. Esta palabra árabe pasó a nuestro idioma como “xay” y de ahí a nuestra tan querida (y para muchos no tanto) “x”. Además, entre otras muchas cosas, llevó a cabo una clasificación de las ecuaciones y estudios de trigonometría. Como se puede comprobar, Jayyam está presente en el día a días de nuestros institutos.
Pablo Romero Gabella
Profesor Geografía e Historia
IES Cristóbal de Monroy


