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Fotografía de Carmen Grau Palacios

Ayer despedimos a mi primo. No cualquier primo. Era mi primo Antonio.

Me acordé de una entrevista a María del Monte en la televisión, donde decía que teníamos que sacar tiempo para tomar un café con los amigos, con las personas que queríamos, al igual que lo sacamos para ir a un funeral.

¡Qué razón tiene!

Isla Mayor era el pueblo de mi primo.

Es pequeño, de esos sitios donde casi nunca pasa nada, aunque una vez se rodó una película y desde entonces algún que otro turista interesado pasa por allí.

Está rodeado de campos de arroz.

De mayo a septiembre, cuando se siembra la cosecha, el pueblo está rodeado de agua. Parece que estuvieras en una isla de verdad.

Los atardeceres se reflejan en las aguas de las plantaciones y las puestas de sol se convierten en auténticas maravillas.

El resto del año el campo está seco y lleno de grietas. Recuerdo que mí tía protestaba por el  polvo, cuando el viento soplaba del Oeste.

Isla Mayor guarda parte de la historia de mi familia.

Yace allí el amor y la juventud de mis padres, las tumbas de mis tíos, la cenizas de mi padre  y ahora la sonrisa de Antonio.

Paseando por el pueblo, regresaron los recuerdos de un verano inolvidable.

Me acordé de la luz, de los campos de arroz anegados de agua, de los canales, las cigüeñas ,los cangrejos y las alcachofas crudas.

Me acordé de las bromas de mi primo, de su sonrisa traviesa.

Porque él no era un primo cualquiera.

Era mi primo Antonio.

Victoria Águila Costales.


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