Arturo, en su rincón apartado, apoyado en el árbol, seguía ensimismado con lo que Merlín contaba acerca de cuando era niño y vivía en la capital del reino. Contaba que en la villa y corte solía, en ocasiones, encontrarse con el Rey aunque por entonces aun no lo era del todo. El viejo rey-padre, desde la lejanía de las tierras occidentales, estaba enfadado con su hijo. Decía que el verdadero rey era él y que su hijo le traicionaba junto a un usurpador. Toda esta historia la contaba Merlín con sus manos, subido en la roca. Todos los niños, incluido Arturo, estaban atrapados en su magia, aquella que venía practicando desde aquel día, de hace muchos años, en el que Merlín apareció por aquellos lares. Les decía que eran el futuro de aquel reino que estaba naciendo, eran las futuras damas y los futuros caballeros, aunque a alguno de ellos les costaba aun escribir sin torcerse. Ese día, en aquel bosque, Merlín hizo su última sesión de magia, aunque ellos no lo sabían. Les habló de la magia que se albergaba en el fondo de la tierra, donde, muy al fondo, hay fuego. Les habló de la magia de las nubes y de las lluvias constantes que regaban aquel Principado. Ese día Arturo vio aun más alto y delgado a Merlín, ese día Arturo comprendió que esa magia, más pronto que tarde, se iría de allí. Muchos en la comarca decían que Merlín era el maestro liendre, que “sabe de todo y que nada entiende”. Pero él creía que eso era porque no llegaban a entenderlo, porque Merlín les decía que la magia no es fácil de comprender, y que lograrlo es un proceso largo y lento. Y que eran necesarios más como él, como Merlín, para continuar el camino, el camino de la perfección.Arturo sabía que ellos estaban en ese camino, pero le entró miedo al pensar en el momento en que les faltara Merlín
Pensando en esas cosas, el pequeño Arturo, no se dio cuenta de que sus compañeros se habían ido correteando entre los robles y con ellos Merlín, que les decía que estuvieran atentos por si veían a una xana. Pero lo que él vio fue, sobre la roca, el sombrero de Merlín. Miró a un lado y a otro, no había nadie. Al fondo se escuchaban risas, gritos y la voz ronca de Merlín. Con cuidado se acercó a la roca y cogió el sombrero de fieltro, ajado y un poco húmedo. Miró de nuevo y el pequeño Arturo, sobre aquella roca recubierta de musgo, se puso el sombrero de Merlín que cayó a la altura de su nariz. Sintió ese escalofrío que decían sus mayores que sufrían al entrar en la mina cuando la oscuridad les acogía. En ese momento, el pequeño Arturo supo, no sabía cómo, que no sería como el resto, que él sería como Merlín.
Los aplausos comenzaron sin que aun terminara la lectura de su relato. Los compañeros estaban entusiasmados con lo que había escrito Fernando y esto no era lo habitual en aquel taller de escritura para mayores. El responsable del curso, un escritor que ganó, hace ya años, el concurso de relatos de la Alubia de Oro del Bierzo, se encontraba un poco incómodo, ya que cuando les leía sus propios cuentos no había recibido tantos aplausos. Pidió silencio y felicitó a aquel viejo minero jubilado de Luarca, el mismo que quiso ser un día como don Juan Merlín Sánchez, maestro nacional. El mismo que se dio cuenta que en el interior de la tierra no había dragones.
Pablo Romero Gabella
Profesor de Geografía e Historia
IES Cristóbal de Monro


