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Guerra, guerra, guerra, los rumores de guerra nos aguan las fiestas de esta primavera”. Eso decía el personaje de Escarlata O´Hara al comienzo de la mítica película Lo que el viento se llevó (1939). En nuestros días, por desgracia, esos rumores se han convertido en una realidad con la Guerra en Irán, que realmente podría considerarse la 4ª Guerra del Golfo Pérsico (tras la de 1980, 1991 y 2003). Este conflicto que está suponiendo el comienzo de una crisis energética, y por tanto económica, nos muestra que la guerra del mañana es la de hoy. La nueva tecnología, especialmente los drones y la ciberguerra, es algo asumido en los nuevos campos de batalla. Y todo esto tiene una fecha concreta: el 24 de febrero de 2022. Ese día la Rusia de Vladimir Putin invadió la vecina Ucrania dando comienzo a una guerra que aún continúa y que ha revolucionado la forma de hacer la guerra.

Estas guerras de Ucrania e Irán han puesto de manifiesto el nacimiento de un nuevo tipo de guerra, denominada “guerra mosaico”. Este nuevo tipo de guerra, nacida en los ”think thanks” militares norteamericano, supone el replanteamiento de la hegemonía de las grandes plataformas de armas como el tanque o el portaaviones,  y el desarrollo de  un nuevo sistema de armas “en red” formado por múltiples elementos: uso intensivo de la informática y las redes cibernéticas, de cuerpos de operaciones especiales,  nuevos misiles antiaéreos portátiles, municiones de largo alcance y precisión, vehículos no tripulados y por último, el uso de los drones como el paradigma de las nuevas guerras. Son justamente los drones los protagonistas de la destrucción de las infraestructuras petrolíferas en el Golfo Pérsico que están poniendo al mundo en jaque y al borde de una crisis económica de proporciones desconocidas. El papel de los drones ha venido teniendo una cada vez mayor importancia desde la segunda década del presente siglo. Su presentación mundial fue en 2019 cuando los rebeldes hutíes (aliados de Irán) atacaron refinerías de petróleo en Arabia Saudí, su enemigo. En 2020, en plena pandemia del Covid, los drones fueron intensamente utilizados por Azerbayán en su guerra contra Armenia, resultado decisivos en su victoria final.

Imagen generada por IA

Hasta la guerra de Ucrania el foco se había puesto en las “guerras pequeñas”, sobre todo en las intervenciones occidentales en Oriente Medio o África frente a enemigos informales y sin poder tecnológico. A partir de 2022 han vuelto, como hemos visto, las guerras convencionales, o “guerras grandes” que suponen un mayor gasto en armamento y movilización de hombres. Esto tiene tiene también sus implicaciones geoestratégicas. La guerra de Ucrania se desarrolla en el marco geopolítico de la “Isla Mundial”. Para el gran gurú de la geopolítica norteamericana Z. Brzezinski Ucrania representa el “pivote estratégico” esencial para desactivar el poderío continental ruso en Eurasia. En el caso de Irán, nos encontramos con otro pivote estratégico: ”el anillo continental”, engarza Oriente Medio y Asia. Esta última guerra también nos pone de relieve el poder marítimo, tal como estableció teóricamente A.T. Mahan a principios del siglo XX, como elemento central del poder norteamericano, la única superpotencia, que gracias a su poderosa Armada, puede proyectar su poder en cualquier lugar del mundo. Y esto lo sabe perfectamente su actual presidente, Donald J. Trump.

No obstante, además de estas nuevas (viejas) guerras convencionales siguen existiendo las llamadas “guerras asimétricas”, debido a la proliferación de grupos de combatientes irregulares como milicias, organizaciones terroristas (ISIS) e incluso mercenarios (como el “Grupo Wagner” ruso) que se utilizan en las operaciones de “guerra híbrida” junto a la desinformación en redes sociales y la ciberguerra. De este tema podremos seguir hablando en otras aportaciones.

Pablo Romero Gabella

Prof. Geografía e Historia

IES Cristóbal de Monroy


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