Dedicado a todo el equipo
del periódico “EI Instituto”
“La poesía es un lenguaje que no comprendemos, pero que nos entiende”
T.S. Eliot
Un párrafo que pueden saltarse
En 1976 el escritor, crítico literario y profesor norteamericano William Zinsen publicó “Cómo escribir bien”, hoy ya considerado un clásico de la “autoayuda literaria”. Una de sus máximas dice: el primer párrafo de cualquier texto literario es para el escritor y solo a partir del segundo ya es para el lector. Así que pueden seguir el consejo y pasar ahora mismo al segundo párrafo. Esto se debe a que en estas primeras líneas voy a explicar el porqué de esta última colaboración del curso… pero lo mismo les puede interesar y lo haré en el segundo, que es realmente, según el gurú Zinsen, su primero.
El sol que nos apena
Al preparar mi entrada “La saeta según los hermanos Machado” del 2 de abril pasado, me quedé prendado del número especial dedicado a Sevilla de la Revista madrileña “Nuevo Mundo” (consultable online en la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional), publicada otro 2 de abril, pero de 1914, cuando quedaban solo cuatro meses para la gran matanza de la I Guerra Mundial. Repasando sus páginas impregnadas del optimismo de la “Belle Epoque”, encontré en la página 6 un extenso texto titulado “Tesoros de Sevilla”. Su autor era José Muñoz San Román (1876-1954,) de profesión maestro, pero a la vez, poeta, novelista, ensayista, dramaturgo y periodista de “El Liberal” tanto en Sevilla como en Madrid. A este polígrafo incansable de Camas (como Sergio Ramos) le dedica una entrada Mario Méndez Bejarano en su tomo segundo del “Diccionario de escritores, maestros y oradores naturales de Sevilla” (1923), donde advierte “cierto suave pesimismo que el autor achaca al medio ambiente”. Me resultó curiosa esa relación porque al leer su texto en la revista llego a la misma conclusión. El texto se organiza en tres partes: sol, claveles rojos y manzanilla. No puede ser más folclórico. El autor nos cuenta lo siguiente:
“Tu [el sol] nos traes alegría, y nos doras esta honda pena que es secreto de nuestra raza de moros y cristianos. No se sabe el porqué de esta pena nuestra, si la engendra el temor a perder la alegría, porque es vida y alma de los amores (…) ¡Nuestra pena bajo tu fuego, nuestro suave dolor entre tus resplandores”.

Diálogo de poetas tristes en jardines igualmente tristes
Cuesta entender hoy en día, donde se idolatra el bronceado tanto como los tatuajes, que el sol pueda provocar pena, tristeza o melancolía en las gentes del sur. La imagen tópica nos traslada a todo lo contario: sol, verano, playa, alegría, proyectos (hoy todos tenemos proyectos, muchos proyectos). Y ahora viene este texto y nos dice que sí, que todo lo anterior es cierto, pero que debajo de toda es aparente alegría hay una pena honda, una pena como a la que canta la copla de Quintero, León y Quiroga de la que tomo del título de esta entrada. ¿Somos un pueblo triste? ¿Tenemos algo parecido a la “saudade” de nuestros primos portugueses que llaman a su copla fado y que tiene al escritor Pessoa como su sumo sacerdote?
Pero no nos pongamos serios, estamos en las puertas del verano y estamos felices por terminar un nuevo curso (¿o no?). Incluso el poeta andaluz más triste, Antonio Machado, tenía efusiones luminosas como en el comienzo de su “Campos de Castilla” (1917) cuando dijo que “mis recuerdos son un patio de Sevilla”. ¿Qué es más alegre que un patio sevillano? Pues el mismo poeta nos responde en un poema dedicado a Juan Ramón Jiménez de esta manera:
“Mi jardín tiene una fuente
y la fuente una quimera
y la quimera un amante
que se muere de tristeza”.
Este diálogo de poetas melancólicos no puede entenderse sin un poema de JRJ (el poeta “de la mirada triste” según Rafael Cansino Assens) en sus “Arias tristes” (1903,) cuando dibuja lo siguiente:
“Es dulce el sol. De la fronda
triste del cercano huerto
sale un humo azul y blanco
lleno de paz y de ensueño”
Si nos seguimos metiendo en este jardín, un jovencísimo Manuel Chaves Nogales en su delicada obra “La ciudad” (1921), nos habla de la “tristeza de los patios sevillanos”, a los que se asoma el perrillo “Membrillo” que, huérfano de su dueño, “noche y día discurre, absorto, por las calles, mirando con sus ojuelos tristes a la gente nueva”. Aquí podemos ver la tristeza del transeúnte en el verano sevillano bajo un sol que abrasa y abraza que hiere de luz y que no deja huellas, sino heridas.
El sol solea la soledad
El sol, dueño y señor, ejerce su dominio sobre los que buscan la sombra, incluidos los perrillos, y que nos recuerda el poema “El andaluz” de Luis Cernuda:
“Sombra hecha de luz,
que templando repele,
es fuego con nieve
el andaluz.
Enigma al trasluz,
pues va entre gente solo,
es amor con odio
el andaluz”
Esta idea de soledad soleada entre la multitud la podemos ver, de nuevo, en Antonio Machado en el retrato que de él hace Cansino Assens en 1912 (“La novela del literato”) cuando comenzó su viudedad:
“Pero, ¿qué tristes y exquisitas armonías no vibraron en su cerebro en esta noche alegre de verano y de luna, entre esta muchedumbre, llena de parejas, matrimonios y niños?”
Hasta su jaranero hermano Manuel no pudo sustraerse a ese encanto de la pena, aunque la enfoca desde lo flamenco y popular, lejos de la introspección de Antonio. En “La pena” (dentro del poemario “Cante hondo” que lo escribe ese mismo año de 1912) nos cuenta o más bien los canta:
“Mi pena es muy mala,
Porque es una pena que yo no quisiera
que se me quitara
Vino como vienen,
Sin saber de dónde,
el agua a los mares, las flores a mayo,
los vientos al bosque”
Seres de luz contradictorios
El andaluz es pura contradicción, un tópico que se fue extendiendo por la literatura de comienzos del siglo XIX, y que reflejó magníficamente el escritor y polemista bohemio Eugenio Noel (el cual tiene una calle dedica en nuestra localidad) en dos libros señeros: “Semana Santa en Sevilla” y “Señoritos chulos, fenómenos, gitanos y flamencos” (1916). En el último nos zarandea con sentencias que hoy provocarían más de una querella:
“El pueblo andaluz ha dejado hacer al clima y al cacique, y es hoy víctima de los dos. Lo sabe, y se defiende con la ironía, que el sol obra con el resplandor fugitivo de la gracia…El sol le da una vida falsa, luz, colores, alcohol, gazpacho; su imaginación suple lo demás”.
De nuevo el sol, omnipresente, pero junto a una variante sociopolítica: la explotación de los “señoritos”, a la que se refería Blas Infante con aquello de “¡Andaluces, levantaos/ pedid tierra y libertad…” Todo ello bajo “el sol de nuestra tierra” y aquello otro de “hombres de luz que a los hombres, alma de hombres les dimos”.
El sol esconde la pena
Quizá estemos metiéndonos en jardines ajenos, pero lo que quiero subrayar es la (sobre)presencia de este sol, que en estos días nos acogota, y que nos lleva a una melancolía que es el reverso de la secular alegría andaluza. Volviendo a Noel, en el comienzo de su obra sobre la Semana Santa de Sevilla, escribe uno de los más bellos trazos sobre esta ciudad:
“Sevilla es una ciudad encantadora y mágica (…)su tragedia pasa desapercibida porque esa ciudad tiene el genio de la simulación perfecta y porque nadie va a Sevilla sino es a distraerse (…) No hay en la tierra una ciudad que gaste tanto ingenio en no descubrir su secreto”.
De nuevo la idea de una pena muy honda que ocultamos bajo la ancestral alegría. La grandísima poetisa norteamericana Emily Dickinson (1830-1886), tan lejos de ser cegada por el sol andaluz, no lo pudo expresar mejor: “el júbilo es la cota de malla de la angustia”. La idea de ocultación de la pena es algo que trasciende la geografía, pero insisto en el papel que juega el sol: donador de vida y, a la vez, delator de nuestros pesares. Vayamos a un veinteañero Jorge Luis Borges que en su poema “Ausencia” (“Fervor de Buenos Aires”, 1923) nos cuenta que:
“¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?”
La belleza: el origen
Acudamos a los especialistas en tristezas, penas y melancolías para intentar allegar a conclusiones. Dentro de ellos, destaca Robert Burton que en 1691 escribió su “Anatomía de la melancolía”. Y una de las razones que pueden llevarnos a la melancolía o a la pena es la belleza, ya que su contemplación obsesiva puede “hacernos perder el juicio, ese placer puede convertirse en dolor, provocarnos suma tristeza y descontento, labrar nuestra desgracia postrera y al cabo, causar melancolía”. El sabio Avicena llamaba a esto “Ilish”, una enfermedad que se produce cuando se medita continuamente sobre la belleza; Charles Baudelaire lo llamaría “spleen” y lo consignaría en sus diarios:
“He encontrado la definición de belleza. Es algo de ardor y de aflicción, de voluptuosidad y de tristeza, que conduce a una impresión de melancolía…”
Y así podríamos llegar a un intento de conclusión de todo lo anterior. La belleza del sur es tal que podría provocar esa reacción de la que nos habla Baudelaire, esa reacción que se potencia, quizá, por un sol dionisiaco que se enseñorea y ensueña a todo aquel que se atreve a mirarla cara a cara (que es la primera).
Terminemos con Robert Burton: para él la estación de la melancolía era el otoño y no el verano, como aquí mantenemos, y se confesaba ante el lector con lo siguiente:
“Escribo sobre la melancolía para estar ocupado en la manera de evitar la melancolía”.
Feliz verano.
Pablo Romero Gabella
Profesor Geografía e Historia
IES Cristóbal de Monroy.


