Compártelo en tus redes

Mi sangre mezclada con el llanto,

¿de quién?

Es algo incierto,

como el centelleo de mil estrellas.

En una noche cerrada.

Cerrada de fuego,

cerrada de luna,

cerrada de hogueras,

cerrada de tintas y letras,

cerrada de amor.

¿Para qué amores,

para qué limosnas,

para qué el mismo final?

¿Hasta cuándo aguantarán,

oscuros misterios,

 esta sarta de mentiras?

¿Cuándo el velo,

el maldito velo,

se caerá a los pies del retrato de aquellos ojos?

Se pueden teñir de cerveza,

de frío invierno,

de cálido verano,

de vino tinto o blanco.

Pero destilan y manchan

más que tristeza.

Oscurecen de pena.

De profunda y ahogada pena.

Siguen creando,

admirando,

susurrando

pero no amando.

Ni tan siquiera queriendo, gustando.

Ya no anhelan,

no juegan ni pasean,

entre hojas otoñales,

aquellos primeros pasos hacia el tiempo.

Ya no quieren arrancar camisas

manchadas de carmín,

desvergonzadas.

Ni bailes por placer,

ni besos por regalar,

ni risas por dolor.

Ahora solo quieren pintar con acuarelas,

con las manos,

con pinceles o con el mar.

Ahora solo quieren mirar,

imitar,

sollozar,

jurar y cumplir.

Pero tras el velo.

Solos tras el velo.

Solo tras el velo.

Escrito por Ana Solís Muñoz, estudiante de 2º de Filología Hispánica.


Compártelo en tus redes