«Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rays C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán…en el tiempo…como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.» Lo que acaban de leer es uno de los monólogos más famosos de la historia del cine; lo dice una IA con forma humana: el “replicante” Roy Batty, interpretado por el actor Rutger Hauer que reelaboró, a su manera, esta parte del guion, ya que le parecía muy sosa. Al director, Ridley Scott, le pareció bien y aumentó más leyenda de “Blade Runner” (1982), una de las mayores películas de culto de la ciencia ficción y del cine en general.
El británico Ridley Scott venía del éxito de público y crítica de su “Alien” (1979), uno de los filmes de ciencia-ficción (y de terror) más influyentes en la historia del cine. A partir de ahí Scott supo identificar el olor del éxito comercial (y no tanto de crítica) con obras posteriores como “Thelma & Louise”, “1492” y, sobre todo, con “Gladiator” (2001). Para “Blade Runner” se sirvió de un guion escrito por Hampton Fancher y David Peoples que se basaba en la novela corta “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” de Philip K. Dick. Esa famosa obra de la literatura de ciencia-ficción la escribiría justamente el mismo año que Kubrick estrenaba “2001”. A este novelista norteamericano debemos también la conocida “El hombre en el castillo” de la cual se hizo, no hace mucho, una serie con cierto éxito gafapástico.
Vayamos al argumento. En un futurista Los Ángeles del 2019 para los años 80, donde ni por asomo se fabulaba con una pandemia global, vivimos las peripecias de un ex policía miembro del grupo de los “blade runner” o liquidadores de “replicantes” o robots rebeldes a la autoridad humana. Su nombre: Rick Deckard y lo interpretaba Han Solo, perdón, Harrison Ford, que buscaba demostrar que era algo más que un juguete de las franquicias de “Star Wars” e “Indiana Jones” (spoiler: no lo consiguió del todo). Su misión: localizar y eliminar a una banda de androides Nexus-6 que se han fugado de una colonia de trabajos forzados en el espacio exterior. Son unos modelos especialmente sofisticados, verdaderas inteligencias artificiales que han sido creados por la todopoderosa corporación tecnológica Tyrell. Con una estética que aúna la sordidez y suciedad del cine negro clásico (o “noir”) con un ambiente urbano de un Tokyo postmoderno y una inspiradísima banda sonora de Vangelis, la historia nos lleva a una persecución no solo policiaca sino también filosófica. Esto último convirtió a la película en un film de culto desde sus inicios e inspiró a numerosas películas posteriores, incluyendo una secuela: “Blade Runner 2049” (2017) dirigida por el canadiense Danis Villeneuve, que realizaría posteriormente la trilogía de ciencia-ficcion “Dune”, y que muchos están llevando a los altares del culto cinéfilo.

Veamos los caminos que exploró “Blade Runner” (la primitiva, la buena) y que inspiró a otras producciones. El presentar un futuro sucio, consumista y nihilista lo recogió Paul Verhoeven en su taquillera “Desafío total” (1990) protagonizada por Arnold Schwarzenegger junto a una desconocida Sharon Stone. Sin embargo, la idea-fuerza de la lucha entre las inteligencias, la humana y la artificial, fue su principal legado; una lucha cognitiva donde los límites entre lo artificial y lo humano parecían, en ocasiones, desdibujarse. ¿Soy un robot?, ¿soy un humano?…¿quién soy?, son las preguntas que asaltan a los protagonistas, destacando el personaje del psicótico replicante Roy Batty. En la película, la Tyrell Corporation creaba un test para detectar qué forma de inteligencia era humana y cuál androide. Esto se toma directamente de un test real, el diseñado por el famoso matemático británico Alan Turing. Conocido por descifrar “Enigma”, la IA nazi de la Segunda Guerra Mundial, desarrolló el concepto de algoritmo dentro de su trabajo prometeico en el universo de la computación. El test en cuestión, creado en 1950, es una herramienta para evaluar la capacidad de una máquina de tener un comportamiento o inteligencia similar a la de un humano. Esto mismo es el núcleo central de una película más reciente: “ExMachina” (2014) de Alex Garland. En ella se cuenta una historia de programador al que un megalómano dueño de una gran empresa “tech” le propone un reto: retar a su nueva creación de inteligencia artificial. Este personaje está tomado directamente del mefistofélico Doctor Eldon Tyrell.
En “Blade Runner”, Scott desarrolla una acción trepidante donde Deckard va ir cazando a los “replicantes” cimarrones. Él solo cumple el principio de la obsolescencia programada de las máquinas. El problema es que estas se niegan aceptarla, imaginen que su microondas se niegue a acabar sus días en un punto limpio… La narrativa del “techno-killer” sería continuada en la megataquillera “Terminator” (1984), donde Arnold Schwarzenegger, de nuevo, es el protagonista de una película que elevó al Olimpo del dólar a su director, James Cameron. Este, como Scott, parece que encontró la fórmula del éxito con películas como “Titanic” (1997) y la serie de “Avatar” (2009-2025). La historia es conocida por todos, el robot de guerra T-800 aparece en el presente procedente del futuro (un tema muy de los 80) para salvar a éste de los manejos de “Skynet”, una súper IA que lidera un ejército de máquinas exterminadoras de humanos. Aquí hay 0% filosofía y 100% acción. A esta primera entrega le siguieron seis “terminators” más, que acabaron agotando la máquina de hacer dinero que fue la primera. “Sayonara, baby”.
En la estela de los “techno-killers” tenemos la curiosa “Robocop” (1987)… sí, la que dio nombre a uno de los pasos de baile del Chikilicuatre en Eurovisión. Dirigida por el gran Paul Verhoeven, que ya hemos citado antes, seguía el guion de Edward Neumeier, que trabajó en el equipo de creadores de “Blade Runner”, lo que se evidencia en que hay más trasfondo intelectual que en “Terminator”. En esta ocasión, viajamos a un deprimente y empobrecido Detroit en un futuro distópico que no se aleja mucho del que retrató Clint Eastwood en su obra maestra “Gran Torino” (2008). En un mundo con recursos menguantes y con una inseguridad brutal en sus calles, el orden público depende de una megacorporación… cómo no. Su método de trabajo: la utilización intensiva de máquinas más o menos inteligentes que sepan proteger al ciudadano. Esta película inicia un subgénero que produjo ingentes bobinas de celuloide olvidables: el de los “cyborgs”, mitad humanos mitad máquinas. “Robocop” es una inteligencia mitad humana, mitad artificial que nos devuelve a las preguntas que ya hemos citado en “Blade Runner”. Además de esto, la película de Verhoeven es una acerada crítica a la política de privatización de los servicios públicos propugnada por el presidente republicano, que fue actor de Hollywood, Ronald Reagan
Por último, podemos decir que “Blade Runner” es también una película romántica, ya que el duro policía se llega a enamorar de una hermosa replicante, interpretada por Sean Young, efímera musa de los 80. Ella no es consciente de que sus recuerdos han sido programados e implantados y se niega a creer que no es “real”, que no es humana, ya que tiene sentimientos. ¿Puede la IA amar? ¿y ser amada?. Estas preguntas las retomaremos en la siguiente entrega de esta serie.
Pablo Romero Gabella
Profesor Geografía e Historia
IES Cristóbal de Monroy


