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Hasta que tú que naciste los robots no soñaban, ni siquiera deseaban si no se lo ordenábamos. David, ¿tienes idea del enorme éxito en que te has convertido?”. Así le habla el personaje del profesor Hobby (atención al apellido y su ironía) a su gran criatura: David, el niño robot “perfecto”.

Hemos llegado al último clásico cinematográfico sobre la IA, y no podía llamarse sino “Inteligencia Artificia (I.A.)” (2001).  Es una película que quizá ha sido olvidada dentro de la exitosa carrera de su director, Steven Spielberg. No ha llegado a la fama que alcanzaron otras obras de ciencia ficción como “Encuentros en la tercera fase” (1977), “ET” (1982) o la más reciente “La guerra de los mundos” (2005). No obstante es una película de una belleza y profundidad que puede llegar a conmover.

Como en el caso de los otros clásicos que hemos visto, parte de un cuento de ciencia ficción, en concreto de “Los superjuguetes duran todo el verano” escrito en 1969 por el británico Brian Aldis. El proyecto de llevarlo al cine lo comenzó Stanley Kubrick, pero por distintos avatares acabó abandonándolo y el reto lo recogió Spielberg que fue también el autor del guion adaptado.

De nuevo se nos propone un futuro a medio camino entre “Blade Runner”, en sus escenas urbanas, y algo también de la frialdad futura de “Farenheit 451” (1966) de Truffaut. La película comienza (esto ya nos suena) en la sede de  una megacorporación tecnológica (Cybertronics) dirigida por el ya citado profesor Hobby, un científico que ha creado la más perfecta IA “física”, es decir, un robot. Pero no es un robot común, este puede llegar a sentir e incluso a amar incondicionalmente. Su mejor ejemplo es “David” un niño robot cuyo objetivo será suplir el hueco dejado en un matrimonio por la pérdida (que no es tal, pero para eso vean la película) de su único hijo. A partir de ahí, la historia explora los límites del amor y de la entrega incondicional entre humanos y entre estos y los robots a los que llaman “mecas”. Quizá su larga duración suponga un lastre, pero merece la pena llegar a un final tan poético como epatante.

En la película hay mucho de Kubrick pero pasado por el filtro bienpensante spielbergberiano y su legado lo podemos encontrar en otras películas posteriores. Veámoslo.

Imagen generada por IA

Tres años después de “IA”, en unos EEUU aún traumatizados por el atentado del 11S, se estrena “Yo, robot”, una película dirigida por Alex Proyas y con guion adaptado de Jeff Vintar en base a la mítica obra de Isaac Asimov. En 1950 publicó una colección de cuentos sobre robots de la cual la película tomó tanto el nombre como parte de la trama. La influencia de Asimov en el mundo de la ciencia ficción comenzó con sus famosas “tres leyes de la robótica”, que aparecieron en un relato de 1942, en plena Segunda Guerra Mundial. Estas leyes establecían que el robot jamás dañará a un humano, que el robot siempre cumple las órdenes del humano y que el robot no puede autodestruirse. Algo parecido ya aparecía en “Robocop”, que ya hemos analizado, y están presentes en todo momento en “Yo, robot” que fue un éxito sobre todo para su protagonista Will Smith.

La acción transcurre en un Chicago del año 2035 cuando se crea un nuevo modelo de robot, el NS-5, que supone el mayor avance conocido en inteligencia artificial. Esto coincide con la muerte de su creador a la que siguen otras, siendo el protagonista, tal como ocurría en “Blade Runner”, un cazador de robots insurrectos. En “IA”, también vemos el mundo de aquellos robots cimarrones que huyen de la furia de sectarios de una religión tecnofóbica que organizan unos aquelarres que llaman “la fiesta de la carne”.  En “Yo, robot” los temas son los mismos pero actualizados a un mundo que vivía la paranoia del terrorismo y que veía en todo desconocido un potencial terrorista, como le ocurre al protagonista con los robots.

Siguiendo esta senda, la de la caza de IA “peligrosas”, podemos encontrar la más reciente “The Creator” (2023) de Gareth Edwards que también escribió el guion junto a Chris Weltz. En ella, en otro Los Ángeles futurista (2070), el mundo vive la resaca de una guerra nuclear. Un exmilitar (con niño anexo) debe eliminar a otro creador-demiurgo, con rasgos presuntamente psicopáticos, que ha desarrollado un arma definitiva que puede borrar la vida inteligente (tanto humana como artificial) de la Tierra. Aquí el contexto geopolítico no es el terrorismo sino la lucha entre Occidente (EEUU) y Oriente (China).

¿Y si la justicia fuera totalmente objetiva utilizando la IA? Esta es la aportación española con “Justicia digital” (2024) de Simón Casal. Sin embargo, en “IA” lo que se busca es todo lo contrario al diseñarse robots como seres emocionales, autorreferenciales y que generen lazos de amistad y de amor. Eso es lo que busca David, en concreto el amor de una madre.

Y llegamos al tema central de “IA”: ¿puede la IA llegar a amar?  Esta pregunta se intenta responder (o no) en la pequeña joya de “Her” (2013), dirigida y escrita por Spike Jonze (creador de la surrealista “Cómo ser John Malkovich” en 1999). Es quizá la película que explore con mayor profundidad los temas que Spielberg nos ofrece con su perspectiva buenista en “IA”. En “Her” se nos presente un presente-futuro urbano y gris donde el protagonista (un Joaquín Phoenix en estado de gracia) se acaba enamorando de Samantha. ¿Estamos ante otra película romántica más? Pues no, porque el nombre de la chica debería llevar comillas ya que es un sistema operativo, eso sí, con la voz de Scarlett Johansson. ¿Es posible el amor entre un hombre y un ente artificial presuntamente “inteligente”? La película nos lleva a un final sorprendente e introduce la perspectiva de un amor (¿posible o imposible?) entre el hombre y la máquina que ya hemos visto en “Blade Runner”. Pero si reflexionamos un poco más podemos llegar a otra pregunta: ¿es posible el amor entre máquinas?

En la siguiente entrada, que será ya la última de esta serie, estableceremos algunas conclusiones sobre lo que el cine nos adelantó de la IA.

Pablo Romero Gabella

Prof. Geografía e Historia

IES Cristóbal de Monroy


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