Sobre el año 1669 Juana Inés se convirtió en Sor Juana Inés De la Cruz y, como vimos en la anterior entrega, no entró en el convento de las Jerónimos con una fuerte vocación religiosa. Ella quería vivir sola y dedicarse a sus estudios. Así lo dejó por escrito:
”Lo que sí es verdad que no negaré (…) es que desde me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas pretensiones – que he tenido muchas- ni propias refleja -que hecho no pocas- han bastado a que deje de seguir este natural impulso De Dios puso en mí …”
Sin embargo, desde pequeña se vio asediada para que abandonara tales pretensiones y se dedicara a “sus labores” como mujer tal como estaba prescrito. Ante eso ella reconoce que lo intentó, e incluso llegó a pedir a Dios “que apague la luz de mi entendimiento, dejando sólo lo que baste para guardar su Ley, pues lo demás sobra, según algunos, en una mujer; ya aún hay quien diga que daña”.
A pesar de todo, en esa lucha por ser quien quería ser, Sor Juana vio que su naturaleza la conducía a las letras y nada ni nadie podía evitarlo. Era el cumplimiento de la libertad que Dios le había dado, era esa “luz” que la alumbraba desde niña. No era otra cosa que seguir la doctrina del libre albedrío de uno de los padres de la Iglesia que más se acercaba a su trayectoria vital: San Agustín.
Pero no todos ni todas lo veían de esta manera. Al igual que Santa Teresa de Jesús (1515-1582), Doctora De la Iglesia, vio pender la espada de Damocles de la Inquisición sobre su cabeza. Así lo cuenta:
”[…. ] Una prelada muy santa y muy cándida que creyó que el estudio era cosa de Inquisición y me mandó que no estudiase. Yo la obedecí (unos tres meses que duró el poder ella mandar) en cuanto no tomar libro, que en cuanto a no estudiar absolutamente, como no cae debajo de mi potestad, no lo pude hacer, porque aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios creó, sirviéndose ellas de letras, y de libro toda esa máquina universal […] nada oía sin consideración, aún en las cosas más menudas y materiales …”
Su pasión desbordada, tan barroca como la época, por el conocimiento le llevaba más allá de los libros, la naturaleza toda era un libro por leer y escribir y que además para ella no tenía límites ni prohibiciones.

Su director espiritual, el padre Antonio Núñez de Miranda, le pidió repetidamente que abandonase su querencia por la poesía y el estudio… pero fue tarea baldía. Su inventiva literaria era desbordante, ella misma se refirió a que ni el sueño le libraba de “este continuo movimiento de mi imaginación”.
Imaginemos lo que tuvo que luchar en un entorno tan hostil, y no solo exclusivamente por parte de los hombres. De tal forma se preguntaba lo siguiente:
”¿De qué envidia no soy blanco? ¿De qué mala intención no soy objeto? ¿Qué acción hago sin temor? ¿Qué palabra digo sin recelo? Las mujeres sienten que la exceda. Los hombres, que parezca que los iguale. Unos no quisieran que supiera tanto. Otros dicen que había de saber más, para tanto aplauso. (…) Y todo junto resulta un tan extraño martirio cual no sé yo que otra persona haya experimentado.”
Se preguntaba qué daño hacía que estudiara, que tuviera un criterio propio y más aún en algo que mantenía en lo privado. Y se lamentaba amargamente:
”[…] privados y particulares estudios ¿quién los ha prohibido a las mujeres? ¿No tienen alma racional como los hombres? […]¿No es capaz de tanta gracia y gloria de Dios como la suya? […] ¿Qué revelación divina, qué determinación de la Iglesia, qué dictamen de la razón hizo para nosotras tan severa ley?”
Hay una rebeldía en Sor Juana que no nos puede dejar, aún hoy, indiferentes.
”Yo tengo este genio. Si es malo, yo me lo hice. Nací con él y con él he de morir. V.R. Quiere que por fuerza me salve ignorando. Pues amado padre […] ¿por qué para salvarse ha de ir por el camino de la ignorancia si es repugnante a su natural? ¿No es Dios, como suma bondad, suma sabiduría?”
Unos años después de escribir lo anterior, sobre 1691-1693, de repente, Sor Juana dejó de escribir para siempre. La mayoría de los especialistas siguen manteniendo que al final la presión eclesiástica la doblegó. El 17 de abril de 1695 una epidemia, tan común en aquella época, hizo que Sor Juana Inés De la Cruz abandonara este mundo. Su biógrafo escribió que “no dejó en su celda más solos [sic] tres libritos de devoción y muchos cilicios y disciplinas”. La evidencia histórica nos dice lo poco que sabemos de los últimos años de vida, pero lo que sí disponemos es de una evidencia literaria: el legado de una obra hermosa, intensa e inteligente. Y de eso tratará la última entrega de esta serie de artículos.


