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Como todos los años, en los días previos a Todos los Santos, mi tía Esperanza ponía una palmatoria rodeada de las fotos de los que ya no estaban. Ahora, a sus 94 años, la congregación de marcos alrededor de la vela, encendida día y noche, competían por el, cada vez más, reducido espacio de su peinadora. Entrar en su dormitorio solo iluminado por la llama velatoria era ya parte de mi ritual familiar en estos días que niños disfrazados de vampiros, zombis y monstruos llaman a la puerta pidiendo “truco o trato”. Pensando en ello me encontré con la mirada de mi padre. Era una foto que también tenía en mi casa. En mi mente se cruzaron los niños disfrazados, junto a un botellín de Cruzcampo, mi tebeo de “Súper Humor” y su mirada.

En aquellos días de finales de octubre y principios de noviembre, “Halloween” solo era parte de las películas americanas que veíamos en las dos únicas cadenas de TV o en el vídeo comunitario pirata del barrio. Eran, en mi recuerdo, días de barro y humedad en el patio del recreo. Y también de aquel que me amargaba el día con sus bromas estúpidas con mis recién estrenadas gafas de pasta. Estaba empeñado en ponérselas; solo una vez lo hizo, solo una vez porque cuando Don Antonio lo vio y lo llevó a su despacho no lo hizo más. Recuerdo perfectamente su mirada de odio cuando el maestro me devolvió las gafas y me dijo que no volviera a hacerlo más, que no le dejara jamás, jamás, que se pusiera mis gafas. Don Antonio me recordó que no eran solo las gafas, era mucho más y que yo era un niño listo como para entenderlo. Antes de retirarse a retomar su café me dijo: “Recuerda a Ulises, tuvo que enfrentarse al gigante Polifemo y bajar al Hades para vencer”. En ese momento no lo entendí, pero fui haciendo memoria, de eso se trata la vida me doy cuenta ahora, y fui comprendiendo.

Imagen generada por IA

En el día previo al festivo del 1 de noviembre, volvía a casa de comprar mi tebeo favorito (ahora se dice “cómic”). Era un número especial de “Súper Humor”, donde Mortadelo y Filemón vivían sus hilarantes y surrealistas aventuras. Subiendo las escaleras de la estrecha calle que daba a la casa de mi abuela, donde en esos años vivía, me lo encontré. Instintivamente me llevé las manos a mis gafas. Pero su objetivo ya no eran éstas, su sonrisa lobezna fue previa al tirón que me dio del brazo y que hizo que mi tebeo cayera al suelo. Lo cogió y se carcajeó, por detrás de él unos chavales corrían y gritaban con máscaras de monstruos que cubrían sus caras. Así perdí mi “Súper Humor”.

Esa noche, noche de difuntos, apenas dormí y no porque tuviera pesadillas con fantasmas, no, mi espectro estaba bien vivo. Al levantarme el día de Todos los Santos lo primero que vi fue la palmatoria de mi tía Esperanza, porque en ese tiempo vivía con nosotros. La llama seguía encendida y tomé la decisión de ir a la guarida del monstruo sin contar nada en casa. Me armé de valor y decidí ir a hablar con los padres del monstruo para que me devolviera lo que era mío. “Como UIises”, pensé y con ese ánimo, algo espectral, llamé a la puerta una vez, dos y hasta cuatro veces antes que saliera el que creí su padre. Apareció un tipo gigantesco y malencarado del que recuerdo su gutural y desagradable “¿qué quieres, niño?” acompañado de una retahíla de improperios impronunciables y su camiseta de tirantas blanca y trufada de lamparones por la que asomaba un abundante vello. En ese momento lo supe todo, le dije que me había equivocado y volví a casa sabiendo que jamás recuperaría mi tebeo y con un sentimiento de pesar pero, a la vez, de conmiseración.

Al llegar a casa, mi padre había vuelto del trabajo y estaba sentado en el sofá con un botellín de Cruzcampo en la mano, con su camiseta de tirantas blanca y sus brazos velludos. Estaba viendo el fútbol con cara contrariada. Me senté a su lado apesadumbrado y él me abrazó y señaló al televisor. “Venga, que no se puede ganar siempre. Pero mírame hombre, no siempre se puede ganar, lo importante es seguir luchando, tener a los mejores en tu equipo y confiar en ellos. Venga, que hoy vamos a perder el partido, pero ya verás como en el próximo nos irá mejor hijo, acuérdate.” Me apretó a él y me miró sonriendo. Era un buen hombre, es un buen hombre, y yo tenía suerte en que jugáramos en el mismo equipo.

Pablo Romero Gabella

Profesor de Geografía e Historia

IES Cristóbal de Monroy


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